Los frágiles gritos

Reseña de La vida tranquila de Marguerite Duras. Traducción de Alejandra Pizarnik. (Buenos Aires: Mardulce, 2016). Salió en Brecha el 31 de agosto de 2018.


La-vida-tranquila-Marguerite-DurasMarguerite Duras (19141996) tenía treinta años cuando publicó su segunda novela, La vida tranquila (1944). Esta reedición de la editorial Mardulce tiene un interés adicional: la traducción de Alejandra Pizarnik. En los últimos años de su vida, Pizarnik tradujo textos de autores tan diversos como Pablo Picasso, Antonin Artaud, Friedrich Hölderlin o André Breton. Pocos datos hay –no hay prólogo o epílogo que aporte información al respecto- sobre esta traducción, pero la podemos ubicar entre sus traducciones más tardías: el libro fue originalmente publicado en 1972 por el Centro Editor de América Latina, el año del suicidio de Pizarnik. Y aunque quien escribe no puede evaluar la calidad de la traducción, la presencia de Pizarnik resulta palpable en cada palabra, en cada gesto de una narración que se potencia en su español, pero que no pierde la identidad de la prosa de Duras.

La vida tranquila no se inscribe en la serie de novelas que reelaboran su experiencia en la Indochina francesa, esa infancia que le servirá de fuente inagotable de inspiración y que le traerá sus primeros reconocimientos con la publicación de la excepcional Un dique contra el pacífico (1950) y tendrá su punto alto con El amante (1984), su novela más popular, por la que obtuvo el Premio Goncourt. Influenciada por las lecturas de Faulkner y Hemingway, Duras crea en su segunda novela un drama rural protagonizado por una joven de orígenes humildes, Françou, resignada a su vida en la provinciana Bugues. Françou narra su propia historia y comienza con el hecho que lo cambiará todo: la agresión de Nicolas, hermano de la protagonista, a su tío, Jérôme, en venganza por el amorío que este tenía con su esposa. Nicolas y Françou seguirán a Jérôme que, herido de muerte, se tambaleará hasta la casa familiar para sufrir durante días en espera de lo inevitable. Esa persecución de la muerte será central a la novela, que no logrará desprenderse nunca de ella. Françou, una joven solitaria, no se ha casado a pesar de tener edad para ello, pero mantiene una relación de encuentros y silencios brumosos, con el amigo de su hermano, Tiène. La infidelidad de Clémence y Jérôme le permitirá liberarse de dos problemas y recuperar a su hermano para ella, en una aspiración con tintes incestuosos que no se concretará, porque las consecuencias no terminan siendo las planeadas. El ambiente recuerda al del gótico sureño, con personajes solitarios y empobrecidos, degradados por el tedio de una vida monótona, en el que la supuesta liberación traerá una existencia aún más asfixiante: “Tomé conciencia, con desagrado, de mi cólera y de que el desorden me habitaba también a mí. De pronto salía de mi cuerpo; la desazón que lo cernía era negra, una noche que no terminaría jamás. Pensé en mi edad, en la de todos los que dormían en esa casa y escuché al tiempo roernos como a una armada de ratas”.

La novela explora en un tríptico temas centrales a su obra como la alienación, la violencia, el amor, o las relaciones entre sexo y muerte, cordura y locura. En la primera parte suceden los acontecimientos que cambiarán todo y destruirán a la familia; en la segunda, marcada por el ritmo de las olas en la ciudad de T…, acompañamos a Françou en un viaje abismal, que explora mediante el fluir de la conciencia la culpa y el hastío que la habitan; la tercera parte se centra en el regreso a lo que queda del jardín natal. La vida tranquila es una novela sobre la posibilidad y la imposibilidad del amor, pero sobre todo sobre encontrarse a uno mismo. Podemos ver una afinidad con El extranjero (1942) de Camus cuando la protagonista desencadena tragedias que parecen no afectarla, como si la vida no pudiera ser otra cosa que una serie de ecos fatales, como si no tuviera otra opción que volver realidad la idea de una familia destrozada, incestuosa y tanática. La voz de la protagonista, o su grito silencioso (“Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”), permea el libro, borrando las fronteras entre cuerpo, pensamiento y palabra, en un devenir que se torna hipnótico, como las olas mecidas por el viento al atardecer.

La prosa avanza llena de anhelo y melancolía, como una elegía a la juventud perdida. En un tono confesional que nunca deja de interpelarse, el grito unirá vida y muerte en un arrebato íntimo que la llevará a reencontrase: “Compruebo que me miré en el espejo por azar, sin querer. No fui al encuentro de la imagen que conocía de mí. Había perdido el recuerdo de mi rostro. De modo que allí lo veía por primera vez. Asimismo supe que existía”. A la catástrofe familiar le seguirá la calma y el reencuentro con una vida posible, lejos de la inocencia de la juventud. La vida tranquila es una novela contundente, un viaje al abismo contado a través de una prosa poética brillante e insinuante, y una de las primeras muestras del talento de una de las autoras fundamentales del siglo pasado.

 

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