El arte es arma

Reseña de Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores de AAVV (Madrid: Errata Naturae, 2014). Salió en Brecha el 3 de agosto de 2018.


al otro lado del muroAl comienzo de la introducción a la antología Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores (de reciente distribución en nuestro país), Ibon Zubiaur (Getxo, 1971) afirma que si presenta esta antología como breve historia de la literatura de la RDA es por el convencimiento de que “más allá de los numerosos libros excelentes que produjo, del estudio de ese país tan peculiar, ya desaparecido, cabe extraer lecciones cuya actualidad no ha caducado sobre la literatura, su función y su encaje social”. Lo que probablemente sea innegable es que la República Democrática Alemana tenía una relación especial con las letras: resulta difícil encontrar en la historia reciente un lugar donde la literatura haya tenido un papel social tan destacado.

En un país sin prensa ni debates, la literatura era el único espacio al que los ciudadanos podían acudir en busca de un intercambio público de ideas sobre temas de actualidad. La combinación de lectores educados que buscaban entre líneas lo que no se podía decir y autores que –más allá de su relación con el régimen– creían en una literatura comprometida daba lugar a un diálogo fértil que promovía la creación literaria. Asimismo, el régimen tenía claro qué esperaba de la literatura, y lo recompensaba –a través de becas, premios, mercado subvencionado y privilegios varios para los escritores–, a la vez que creó un complejo y severo sistema de vigilancia sobre los artistas para prevenir, disuadir o castigar cualquier desviación de lo establecido: no se toleraban críticas al Estado o a lo producido por este, ni al accionar de la Policía, el Ejército o el servicio secreto, pero tampoco se debían tratar “problemáticas sociales” como la violencia, la homosexualidad, el alcoholismo o la huida al otro lado del muro, entre otras.

El libro presentado y traducido por Zubiaur recoge autores que se formaron y se dieron a conocer en la RDA (con la excepción de Stefan Heym). Lo que hace diferente a esta antología, y creo que es uno de sus aciertos, es que no selecciona las narraciones que considera más significativas del período, sino que, en consonancia con lo planteado, se propone “dibujar un panorama de la historia de esa literatura a través de sus textos más metaliterarios”. Estos textos, publicados a lo largo de 40 años, nos presentan las condiciones de vida de los escritores y su rol en la sociedad, sus sueños y sus desilusiones, desde la fundación de la república hasta la caída del muro. Los criterios que guían la selección de la antología (relevancia, textos en prosa, presentar obras no traducidas), sumados a la influencia del gusto personal, generan inevitables omisiones: de ahí se desprende la ausencia de autores no menos interesantes como Fritz Rudolf Fries, Sarah Kirsch, Peter Hacks o Christa Wolf (a quien Zubiaur considera muy sobrevalorada). Los textos escogidos son presentados en un orden laxamente cronológico en relación con la época a la que refieren, e incluyen temas autobiográficos, textos teóricos y conferencias, pasajes de novelas y otras narraciones. Cada uno es precedido por una presentación de su autor que, aunque correcta y sucinta, por momentos da por sentado o no desarrolla suficientemente aspectos fundamentales que el lector rioplatense quizás no maneje, como qué es y qué papel jugó la “vía Bitterfeld” o qué significó la revuelta del 17 de junio de 1953.

Aunque la denominada vía Bitterfeld, que en esencia se planteaba eliminar la brecha entre los artistas y la clase obrera, fue una iniciativa colectiva, la idea original vino de arriba, del líder de facto del país, Walter Ulbricht. En su proyecto, al arte le correspondía el papel de servir a la causa socialista, romper definitivamente con los criterios estéticos burgueses y crear una nueva cultura proletaria. No fueron pocos los escritores que de una manera u otra se identificaron con este propósito, aunque rara vez lograron establecer una relación de fraternidad con los obreros. Más problemático era el dogma del realismo socialista, que, como bien señala Zubiaur, no apuntaba tanto a una representación de la realidad, sino a la reproducción de lo que el partido determinaba era lo real. De cualquier manera, el realismo socialista plantea dos problemas fundamentales: la capacidad de la literatura para reflejar el mundo circundante y la capacidad para influir en él y transformarlo. Dos cuestiones que han perdido popularidad, sin dudas, pero no vigencia.

Como en todas las antologías, la calidad de los textos es desigual, pero Al otro lado del muro presenta al lector hispanoamericano una serie de autores de estilos variados e indudable calidad literaria, como Stephan Hermlin, Brigitte Reimann, Günter de Bruyn, Irmtraud Morgner o Günter Kunert. Hombres y mujeres que se enfrentaron a la pregunta sobre qué puede y debe ser la literatura (“el estilo vendrá más tarde”, afirma un personaje de Loest), que colaboraron o se rebelaron contra un régimen que exigía todo de ellos y que florecieron bajo la censura, en una Berlín que era centro y ciudad-frontera, con una herida con forma de muro, como un corte diseñado para amputar lo putrefacto.

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