Los vivos son falsos muertos

Reseña de Cementerios de neón de Andrés Felipe Solano (Buenos Aires: Tusquets, 2017). Salió en Brecha el 27 de julio de 2018.


Cementerios de neónHace ocho años la aclamada revista británica Granta decidió hacer una lista de los mejores narradores jóvenes hispanohablantes; era la primera vez que se aventuraba más allá de la lengua inglesa. La selección estuvo a cargo de varios escritores –entre otros Edgardo Cozarinsky– y de los responsables de la versión española de la revista. La lista final, con amplia mayoría de españoles y argentinos, incluía a un colombiano, Andrés Felipe Solano (Bogotá, 1977), que hasta aquel momento había publicado solamente una novela. A partir de entonces ha cumplido con las expectativas y creado una obra que se mueve entre el periodismo y la narrativa, y que desde su mudanza a Seúl, hace seis años, habita tanto en Colombia como en Corea.

Cementerios de neón comienza con un joven colombiano, Salgado, que se arrastra por las calles de Seúl buscando escapar de sí mismo. Su vida se verá interrumpida por el regreso de un tío que fue casi un padre, el Capitán, un veterano de la Guerra de Corea que después de muchos años de silencio reaparece para pedirle su ayuda –sin dar explicaciones– en la búsqueda de otro colombiano perdido en tierras asiáticas: Vladimir Bustos. Vladimir y Salgado fueron compañeros en su adolescencia en la academia de taekwondo fundada en Bogotá por Moon, un veterano coreano que trabajó como enlace del batallón colombiano, y uno de los pocos amigos del Capitán. Sin trabajo y sin perspectivas de futuro, alejado de su esposa luego de un evento traumático, y con un videojuego y doblar ropa –como un Sísifo de la lavandería– como únicos escapes, Salgado se embarca en la búsqueda de Vladimir, una sombra odiada que lo amenaza desde sus recuerdos. Entre Corea del Sur y Colombia, entre el desasosiego del presente y los recuerdos opacos del pasado, Salgado se interna en el laberinto de su propia soledad en busca de la absolución, descubriendo en el camino una trama que incluye, entre otros, a soldados colombianos, espías coreanos y taekwondistas de extrema derecha.

La primera parte de la novela transcurre en las calles de Seúl: entre bares, restaurantes, hoteles y kiss bang, con personajes que comen, caminan y se sienten vivos, no meros receptáculos para conceptos. Salgado toma el lugar del detective inexperto y algo torpe que debe rearmar la historia de los otros tres personajes y develar los secretos que ocultan, en un viaje por momentos cómico y absurdo, pero también doloroso. Sin embargo, la novela es a la vez la reescritura de un capítulo casi desconocido de la historia reciente de su país: Colombia fue el único Estado de América Latina que envió tropas al conflicto entre las dos Coreas. Muchos murieron y otros tantos resultaron heridos, y la figura del sobreviviente es parte crucial de la literatura de Solano. Tanto la historia del Capitán –inspirada en el filme Feliz Navidad, míster Lawrence (también llamada Furyo), de Nagisa Oshima– como la de Moon son de sobrevivientes que han huido; y la segunda parte –más lineal que la primera, que tiene un estilo fuertemente digresivo– se centra en el relato de la guerra y sus consecuencias, en el retorno bajo las sospechas de la colaboración, y en la búsqueda de la redención y de una nueva vida tras la derrota. Con sus contrastes, en el entrecruzamiento de lo personal y lo colectivo, ambas partes son narradas con habilidad mediante un estilo simple pero trabajado y que por momentos resulta electrizante. Pero si Cementerios de neón es una novela sobre las consecuencias de las luchas del siglo pasado, también lo es sobre los exilios de este. Porque la tristeza sorda que acompaña a Salgado en su escape a otra cultura es también un escape de la propia historia. Si buscar personas es competir con fantasmas, el relato de Salgado es el de la huida de un doble cuya existencia se quiere negar, a la vez que la persecución de un reflejo del pasado que se proyecta como las sombras de la invención de Morel.

Antes de esta novela Solano escribió un libro que narra, a modo de diario de apuntes, su experiencia durante los primeros años en Seúl. Para el escritor ambos libros están emparentados, al punto de que si estuviéramos hablando de un LP, Corea, apuntes desde la cuerda floja sería el lado B. Cementerios de neón es el lado A. En los dos, Solano coloca al colombiano en una situación de extranjería, transformándolo en alguien que observa su cultura –y una cultura ajena– desde afuera y adentro al mismo tiempo. Esa pulsión –casi violenta– por descentrarse, por ubicarse en el margen, da lugar a una búsqueda literaria extremadamente interesante. En el fundido entre imaginación e historia, entre velos que revelan parcialmente historias ocultas, el libro de Solano moviliza al lector hasta llegar a un final inesperado y brumoso, difícil de olvidar.

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