Los nadie

Reseña de Taxi de Carlos Zanón (Barcelona: Salamandra, 2017). Salió en Brecha el 11 de mayo de 2018.


taxi carlos zanónEn la noche de Barcelona, un taxista melancólico y mujeriego atraviesa las calles en un sopor existencial. Se llama Jose –así, sin tilde– pero le dicen Sandino en honor a Sandinista!, el álbum triple de The Clash, de donde también salen los nombres de los capítulos. Lector y roquero consumado, Sandino quiso ser escritor, tener una vida distinta a la que su condición social le legaba como un estigma, la vida que el gusto literario y musical le abría, pero no lo logró. Quizás cobardía o falta de aptitudes, quizás culpa de la crisis, la realidad es que esa condición –la del lector, la de ser diferente– lo persigue en su existencia de obrero derrotado. La última novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966) se interna a toda velocidad en la historia de su protagonista, atravesada por una maraña de referencias y citas que al comienzo pueden saturar pero que rápidamente encuentran el ritmo adecuado. En Taxi, el autor continúa con la cartografía de una Barcelona oscura, alejada de la colorida imagen turística, que había comenzado en obras como Yo fui Johnny Thunders (2013, Premio Dashiell Hammett) o No llames a casa (2012, Premio Valencia Negra).

La odisea de siete días y seis noches abre con la muerte de la abuela, el principio trágico de esta familia de infelices de origen incierto, pero también con la muerte de los otros: de los amigos, de los vecinos, de los ídolos, “todos muertos, todos esos fantasmas sonando en sus oídos en su coche en la playa de El Prat”. Su pulso insomne y la profesión de taxista brindan las principales excusas para armar un relato coral de una ciudad en permanente cambio, en la que se mezclan ex mossos d’esquadra corruptos, taxistas violentos, inmigrantes pobres y catalanes ricos, en la que se inventan historias y orígenes en un trayecto casi anónimo definido por la impunidad de mentir a un extraño. El taxista se presenta como el médium capaz de tomarle el pulso a una sociedad, como una esponja que absorbe el combustible de la ciudad, como el compás de sus fallas y de sus impulsos subyacentes. Esto no hace a la novela una deriva sin objetivo bajo luces de neón: aquí hay una historia clara, que coquetea con el policial sin decantarse por un modelo clásico. En un artículo reciente para Clarín, Claudia Piñeiro señalaba que “el género policial, cada tanto, empuja para expandir los límites de un talle en el que se siente encorsetado”. El primer salto lo dio cuando escapó de la intriga del cuarto cerrado y se transformó en novela negra. Ahora, el empujón va por otro lado, a desarmar la pregunta que vertebra el género: ¿quién lo mató y por qué? Para la escritora argentina, “gran parte de las mejores novelas negras de los últimos años no se hacen cargo de esta pregunta. El problema a resolver no es el cadáver que irrumpe. Lo que importa es lo que se esconde. El crimen detrás del crimen” y señala a Zanón como un ejemplo paradigmático de esta nueva corriente.

La historia de Sandino es la de un hombre despechado que se sumerge en la noche para no enfrentarse al hecho de que Lola, su mujer, planea dejarlo. Los elementos de la novela negra y sus ritmos están presentes. Hay una muerte y un robo, drogas y dinero. Hay amigos –Sofía, Ahmed, Jesús– en problemas, que lo necesitan tanto como él a ellos. Hay una lucha de clases evidente y, sobre todo, una lucha por la supervivencia. Hay una larga serie de amantes –Cristina, Hope, Verónica, Nat– con las que se intenta conectar como en estaciones de servicio, de las que quiere algo que ni él tiene muy claro qué es, porque siente que “sólo le quedan en esta ciudad sombras como las manchas que quedaron en paredes y escalones de Hiroshima”.

El centro de esta novela, más allá de la efectiva trama, se encuentra en unos personajes muy bien construidos, en esos nadie que parecen no importar y que deben enfrentarse a las consecuencias de una crisis económica pero también moral. Es en las historias laterales, de la familia y la adolescencia, de la inmigración y la adaptación –o radicalización–, de la amistad y el amor, que la novela encuentra su alma, en los resquicios que los cambios del barrio (“todo es mejor, todo es una mierda”) dejan para encontrar una identidad, aunque no sea la deseada. Y es la voz de Sandino, marcada por los excesos poéticos en clave beat, por las enumeraciones y las reflexiones interminables, la que nos lleva hasta el final. Y aunque por momentos derrape y choque contra sus propios impulsos, este hombre derrotado pero leal a las causas perdidas, logra escapar del determinismo y encontrar un poco de dignidad entre tanta chatura.

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