El olor del gasoil

Entrevista a Carlos Zanón. Salió en Brecha el 4 de mayo de 2018.


Carlos Zanón. Foto: Fernando Pena
Foto: Fernando Pena

Carlos Zanón (Barcelona, 1966) fue elegido el año pasado como comisario de BCNegra y como el encargado de resucitar al famoso detective Pepe Carvalho. Pero esos reconocimientos no llegaron de la nada: autor prolífico –novela, poesía, crítica–, ha ido construyendo una vasta y premiada obra a lo largo de casi treinta años. Brecha aprovechó su visita a Uruguay para conversar sobre “Taxi”, su última novela, y sobre la forma en que elige recrear su ciudad.

— La música ocupa un lugar crucial en la novela, con el álbum triple de The Clash, Sandinista!, como un intertexto ineludible, que aporta el apodo de “Sandino” al personaje principal y los nombres de los capítulos.

— Bueno, yo las novelas las tengo que escuchar. Ya sé que suena un poco raro, pero tengo que saber cómo suena el pálpito, el corazón de la novela. Entonces, no sé por qué, supongo que volví a escuchar esos discos de The Clash que me gustaban mucho de chaval, y pensé que quería que sonara así. Que sonara muy compacto, que fuera una novela que tuviera muchos géneros como ellos hacían –punk, reggae, rock–, que a veces estuvieran desafinados, que fueran un poco ostensivos. Luego pensé que el personaje de Sandino, una de las cosas que tiene es que es leal: leal a lo que fue, a la música que le gustó, a su gente; aunque sea un personaje infiel al mismo tiempo. Me acuerdo que cuando sacaron Sandinista! dijeron “este disco será el mejor y el tiempo nos dará la razón”, pero eso ya se veía que no iba a pasar. Entonces pensé que era un signo del personaje que era leal a causas perdidas, daba igual que el tiempo no le diera la razón, o que los amigos ya no fueran lo que fueran, él sigue siendo leal a eso. Y luego, como era una novela muy circular, pensé que si ponía los títulos de los capítulos por canciones, yo mismo pondría los raíles y no descarrilaría.

— La cuestión de clase, la conciencia del lugar que Sandino ocupa en la sociedad, es un tema muy presente en la novela. Sandino, más allá de sus intereses, termina atrapado en una profesión heredada, conduciendo un taxi.

— Sí, y tanto en la historia de la abuela como en la historia con Llámame Nat (apelativo de la mujer que Sandino desea), en el fondo quería hablar de eso. La sociedad española probablemente no es muy racista, pero sí que es muy clasista. Y en concreto, en la Barcelona en la que la exhibición de dinero está mal vista, está todo mucho más confundido, pero siempre hay un momento en el que alguien te dice que te has colado a la fiesta. Quería que fuera una referencia a esa parte de la sociedad y al clasismo que hay. Y luego también quería hablar de que él intenta no ser la máquina, él intenta conservar la parte de persona que es, no por lo que está trabajando. No acabar comido por la máquina. Mi padre era taxista y yo recuerdo que cuando volvía de trabajar, luego de hasta doce o catorce horas, olía a gasoil, a máquina.

Sandino, más allá de su trabajo, es un lector y un apasionado de la música que quería escribir y no lo logró. A pesar de eso, la literatura atraviesa la novela.

— Por un lado, quería que no fuera un documental sobre el trabajo día a día de un taxista. En el fondo el juego era un poco qué pasaría si tú mañana tienes que hacer el taxi. Qué pasa con todas tus fantasías, tus sueños, tus canciones, tus libros, ¿dónde queda eso? Quería jugar con la idea de un alienígena metido en un coche. Luego también quería hacer un personaje que vamos descubriendo a lo largo de la novela, que tiene como una serie de islas, un universo femenino, tanto de su abuela y su madre como de su mujer y sus amantes, y esas historias que tiene, que son como trenes que se han quedado un poco parados. Entonces tenía que hacer un personaje que tuviese un cierto atractivo, un cierto carisma. Siempre pienso que si te gusta leer o escuchar música, tienes más interés que si sólo lees prensa deportiva y hablas de fútbol. Pero también me gustan mucho los libros o las películas que funcionan como puertas a otros sitios. Por ejemplo, estoy viendo una película y el protagonista está leyendo un libro: lo primero que me fijo es qué libro está leyendo. Entonces decidí incluir libros que valen la pena, un poco como puertas, y que, si quieres jugar a eso, como lector puedes llegar a otros sitios.

Desde la tapa –que se parece a las de la serie negra de Salamandra, pero no lo es– se juega con las expectativas de lo policial. Y, sin embargo, aunque el ritmo y la trama apretada recuerdan al de un thriller, no creo que se la pueda encasillar como tal. Claudia Piñeiro hacía referencia a esto hace unos días en la presentación de tu novela, como un ejemplo de novela negra que desborda el género.

— Yo nunca he hecho un policial, porque en ninguna de mis novelas importa quién mató a quién. Me interesa más el hecho de que en algún momento cualquiera puede hacer cualquier cosa. O la idea de que la violencia a veces es el único lenguaje. Eso son siempre mis novelas.

Pero sí has ganado muchos premios de novela negra.

Sí, porque al menos en España la novela negra es más una mirada que algo tan determinado. Pero en esta novela mi voluntad es no hacer una novela negra. Creo que no lo es, porque la violencia no vertebra la historia.

La intriga llega además después de la mitad de la novela como una cosa casi lateral.

Sí, es una subtrama. Incluso yo me cambié de editorial en parte para no estar tan focalizado. Lo que pasó es que los taxis en Barcelona son negros y amarillos, y consideramos muchas portadas, y al final optamos por una que, es verdad, puede inducir a una cierta confusión. Y con lo que dice Claudia estoy completamente de acuerdo: es más una mirada y un definir ambientes y personajes, y en eso es en lo que me siento más cómodo. La idea del policial de que todo está mal y que hay que restaurar un orden en el sistema… yo creo que el sistema siempre es el culpable, y que todo es un caos. Creo que cualquiera puede hacer cualquier cosa, buena o mala, en determinadas circunstancias.

Eso queda claro en la historia de Ahmed y su hermano. Hay una cuestión con la inmigración y la integración o la radicalización, y en los hermanos se ven las dos posibilidades. Pero tampoco se culpa a ninguno de los dos. Al fin y al cabo, es una Barcelona que está bien lejos de la imagen turística y mediterránea, del color y de Gaudí.

— Quería hacer –en las novelas anteriores también– una Barcelona de los barrios, una Barcelona donde vive la gente que no tiene la sensación de que tiene que interpretar el personaje de alguien que vive en Barcelona. No una ciudad de escaparates, sino otra cosa. Es la Barcelona en que yo viví, la que mira el centro de Barcelona desde fuera. Y eso también tenía que ver con el tema de la integración y el tema de no dar moralina en las novelas; las novelas tienen que generar preguntas incómodas, pero no respuestas, porque no creo que esa sea la función de la literatura. Y en este sentido, la no integración de los dos hermanos me parece interesante, porque haciendo todos los esfuerzos por integrarte, nunca acabas de integrarte, lo que propicia que la siguiente generación vuelve a lo que le daba seguridad. Si no me quieres integrar, vuelvo a lo mío, y si voy a ser el malo, lo voy a ser de verdad. Por otro lado, Barcelona es una ciudad literaria que ha sido muy utilizada, entonces volver a pisar barrios y clichés que ya han hecho otros escritores no me interesa, me interesa hacer otra mirada.

Una gran cantidad de tópicos y textos dialogan con la novela. Quizás incluso podemos pensar a Llámame Nat como femme fatale.¿Era esto algo con lo que querías trabajar?

— La idea principal que tenía era la del viaje de Ulises, contar la historia de alguien que quería volver a casa, pero que por otro lado quería probarse, demostrar que era digno. Y también el juego con “La caída de la Casa Usher”, la idea de que lo que te define, lo que te ata, el barrio y la familia, en el fondo es lo que te impide irte y ser otro. En el caso de Llámame Nat yo buscaba un poco esa actitud que tiene la gente de dinero para parecer que es como tú, cuando dicen cosas como “no hace falta que me llames de usted, llámame Nat”, una confianza que de hecho no es. El referente que tenía muy presente era La dolce vita, de Fellini, esa recreación del viaje de retorno al hogar, pero en que vuelves cambiado. También tiene que ver en esto la fantasía de Sandino con respecto a ella, que de nada se crea un mundo, es más la típica historia que te cuentas tú en la cabeza que algo a lo que ella da pie.

Me parece que se relaciona muy bien con eso de vivir a través de las canciones, del arte. Él ya se imagina que todo va a pasar de una manera que sea importante.

— Y, además, creo que la gente que vivimos en los libros y las canciones tenemos una representación de la realidad, pero conectamos poco con la realidad. Imponemos una representación de la realidad sobre la realidad. Nos enamoramos como lo hemos leído en la literatura e interpretamos lo que está pasando no como lo que está pasando, sino como nos figuramos nos gustaría. Es un personaje que gestiona mal la realidad, lo que gestiona más o menos bien es la fantasía.

Sandino también se ve atrapado por la pertenencia a una clase social de la que no puede escapar.

— Sí, no puedes, en realidad no puedes escapar. En el fondo también la idea del taxi era la de un pez en una pecera, el pez lo ve transparente y supone que puede llegar a donde sea, pero en realidad no puede salir. La clase es algo que te imprime carácter, que de cierta manera te define, pero que no deja de ser una cárcel, que ni tú queriendo puedes cambiar. Un poco el argumento de las novelas arribistas, como El gran Gatsby, que cree que triunfando y con dinero le dejarán entrar, o Rojo y negro.

Pero también hay bastante cariño por esa condición que te constituye, por ese barrio que está desapareciendo.

— Sí, de orgullo o de una necesidad de definición. Él siente orgullo de ser quien es, pero a la vez es consciente de que le gustaría ser otra persona, aunque no le avergüenza ser quien es. Yo creo que –y eso sí que es muy de novela negra– tiene que ver con la ambigüedad del personaje. Él siente añoranza por una vida en sociedad más primitiva, menos reglada. Porque la sensación es que en una sociedad más reglada tienes mejor calidad de vida, pero en cierta manera te vuelves más animal doméstico. Tiene nostalgia de cierto salvajismo, la madurez te implica quedarte en un nicho. Y es un poco lo que pasa en Europa, que es como un balneario de gente mayor. Estás mucho más seguro que hace 20 años, pero has perdido algo, un contacto con la vida que palpita.

Tus comienzos como escritor fueron muy distintos. Publicaste tu primer libro de poesía a los 23 años y por casi dos décadas te dedicaste, al menos públicamente, en exclusiva a esa forma. ¿Qué te llevó a entrar en la narrativa?

Bueno, en realidad, quizás al principio sólo escribía poesía, pero al poco tiempo ya estaba intentando escribir una novela. Lo que pasa es que durante 20 años me devolvieron todos los proyectos de novela que tenía (risas). Pero lo que hacía no tenía cabida, o yo no tenía el talento para llevarlo a cabo, creo que hay novelas que hicieron muy bien en no publicarme. Pero creo que también tiene que ver con el estilo de mi escritura, porque siempre escribí con esa idea de que lo que es interesante para la poesía o la música tiene que serlo para la narrativa.

Fuiste elegido por los herederos de Vázquez Montalbán para escribir otro libro del detective Pepe Carvalho.

— Ellos se pusieron en contacto con mi agente, y bueno, como he dicho, yo nunca he hecho un policial. Me lo tomé como algo divertido, como un reto de escritura con un personaje muy icónico. Además, es hacer un solo libro, no continuar la saga. Me pidieron hacer un libro con mi estilo y mi mundo. Yo les dije que aceptaba siempre y cuando fuera mi libro, que me parecía una falta de respeto intentar escribir como otro escritor, y me dieron el espacio para tomarme las libertades que consideraba necesarias para que la novela funcionara.

En 2017 fuiste nombrado comisario de BCNegra (Barcelona Negra, encuentro literario de novela policial), sucediendo a Paco Camarasa, que lideró este proyecto durante 12 ediciones. ¿Qué te llevó a aceptar ese desafío?

— Pienso que aparte de quejarnos siempre y de pensar cómo lo haríamos distinto, cuando tienes la oportunidad de hacer algo, tienes que aprovecharla. Me apetecía algo en lo que podía incidir, no sólo teorizar. Paco Camarasa era librero y quería hacer un festival en el que el comisario fuera un escritor, darle un rasgo más literario y hablar de autores, aunque no fueran novedad, y que los escritores tuvieran un lugar central. Hacer cosas para la gente de mi ciudad, aunque trabajé mucho más de lo que me dijeron, fue muy gratificante. Lo que nos interesa es que sea un festival muy popular –y eso ya estaba con Camarasa–, un festival en el que los escritores no vengan a dar conferencias, sino que vengan a compartir su literatura y sus miradas con los lectores.

Tu primera edición tuvo el acoso como eje temático.

— Creo que la novela negra funciona como denuncia del sistema. Entonces quería que cada edición tuviera un leitmotiv, algo que vertebrara el festival. Se me ocurrió la idea del matón, del abusón, y la de la víctima aparente que en un momento se levanta del suelo y se enfrenta a eso. También era una manera de hablar en las mesas del acoso en la escuela, del sexual, del inmobiliario, y de tantos otros, del acoso de los poderosos hacia los que no lo son.

 

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