Escuchá mi corazón palpitante

Reseña de Tiene que llover. Mi lucha: 5 de Karl Ove Knausgård (Barcelona: Anagrama, 2017). Salió en Brecha el 13 de abril de 2018.


tiene que lloverTiene que llover. Mi lucha: 5 (titulado simplemente Min kamp 5 en noruego) es el penúltimo volumen del ambicioso proyecto literario que Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) emprendió en 2008 con el objetivo de escribir sin preocuparse tanto por el estilo, centrarse simplemente en narrar su vida y acabar con el bloqueo literario que padecía. Tres mil seiscientas páginas publicadas en tan sólo tres años, 500 mil copias vendidas en Noruega (una por cada nueve adultos), traducida a más de veinte lenguas y admirada por autores como Zadie Smith, Jonathan Lethem y Jeffrey Eugenides –que dijo que Knausgård “rompió la barrera del sonido de la novela autobiográfica”–, Mi lucha se estableció como uno de los fenómenos literarios ineludibles de los últimos años.

El quinto volumen narra los 14 años que el joven Karl Ove vivió en Bergen, desde su llegada en 1988 a los 19 años para estudiar en la Academia de Escritura de la ciudad, hasta su partida en 2002 luego de hechos que es mejor no revelar. Tiene que llover, quizás el más amargo de los tomos publicados hasta el momento, es una novela de comienzos truncados. Del comienzo de la vida como estudiante (y de las libertades que otorga serlo en un país como Noruega), del comienzo del amor, de la vida del escritor y de las amistades literarias. El miembro más joven en ser admitido en la novedosa academia, orgulloso y con vistas a un brillante futuro como escritor, lucha desde el comienzo para cumplir con las tareas asignadas por los tutores –ficción, poesía, ensayo–, fracasando en repetidas ocasiones. No logra desprenderse de los clichés y estereotipos que profesores y compañeros ven en su escritura y no puede evitar sentirse inferior. No acepta su edad como coartada y lo atormenta la idea de carecer de talento, de vivir en una fantasía que no podrá cumplir. Esto lo llevará a caer en sus peores patrones: deja de escribir y de ir a clases, abusa del alcohol –uno de los temas medulares de la saga– y pierde violentamente el control en repetidas ocasiones. El joven fascinado por su nueva vida que al comienzo de la novela afirma sentirse “lleno de un silencioso júbilo, eso era justo lo que amaba más que nada, lo corriente y conocido, la autovía, la gasolinera, la cafetería” pierde rápidamente el camino.

En Mi lucha hay lugar para casi todo, y aunque esta novela no incluye pasajes ensayísticos como los que poblaban el primer tomo, no por ello deja de ser omnívora: poemas, letras de canciones, fragmentos de otras narraciones y muchas disquisiciones sobre música y literatura (muchos nombres noruegos para tomar nota: Jon Fosse, Ragnar Hovland, Tor Ulven, Kjartan Fløgstad, JanKjærstad…). Sin embargo, continúa la tendencia lineal de los tomos tres y cuatro, formando una trilogía que termina cercada por los dos primeros (el segundo tomo comienza donde termina el que aquí nos ocupa). Esta estructura dinámica fluye como su escritura, volviendo sobre sí misma para revisitar hechos –la infancia, la muerte del padre– y preocupaciones tratados en tomos anteriores, sin sentirse por ello repetitiva o anquilosada, logrando a la perfección la sensación de una estructura global. Si algo espesa a Tiene que llover es la larga noche oscura de Bergen, de la que por momentos –momentos que se transforman en años– no puede escapar. Narcisista y autodestructivo, exitoso e inseguro a la vez con las mujeres, en una competencia unilateral permanente con su hermano y sus amigos, Knausgård se presenta a menudo como una figura monstruosa y afable por partes iguales. No hay nada particularmente extraordinario en lo narrado, pero esa escritura despojada y por momentos objetiva hasta la frialdad, en la que expresa de forma magistral los dolores del enamoramiento, la tensión de la felicidad, la incapacidad de conectar con el otro, el arrepentimiento del engaño, transforma lo ordinario en excepcional.

Poco importa cuánto hay de ficción y cuánto de realidad; ya sabemos que los recuerdos están imbuidos de autoficción. Tiene que llover cierra un ciclo –aparentemente la última novela funciona como coda y trata sobre Hitler– que destila verdad literaria, la única que importa, y plasma con destreza “unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo (…) lo único que ha permanecido de todos esos miles de días que pasé en esa pequeña ciudad del oeste de calles estrechas relucientes de lluvia”.

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