El lugar que se desvanece

Artículo con motivo de la muerte de Isao Takahata (1935-2018). Salió en Brecha el 13 de abril de 2018.


El jueves de la semana pasada fallecía en la ciudad de Tokio, a los 82 años de edad, Isao Takahata, víctima de un cáncer de pulmón. Maestro indiscutido de la animación, por más de cincuenta años su obra marcó a generaciones y ha sido una influencia definitiva para el desarrollo de la animación en Japón y su difusión mundial.

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Es probable que muchos lectores no conozcan el nombre de Isao Takahata, a pesar de que algunas de sus series hayan formado parte de su infancia. Porque el director, previo a la creación del estudio Ghibli y la realización de sus largometrajes más famosos, fue el encargado de llevar a la pantalla chica dos de las series animadas más populares de las décadas del 70 y el 80, que invadieron las pantallas del mundo entero: Heidi, la niña de los Alpes y Marco, de los Apeninos a los Andes.

Nació en Ujiyamada, actual Ise, en 1935, último de siete hermanos. Pocos años después su familia se trasladaría a Okayama, donde cursó estudios secundarios antes de mudarse a la gran metrópolis para estudiar literatura francesa en la Universidad de Tokio. Fue allí donde conoció la obra de Jacques Prévert y un film, guionado por el poeta, que cambiaría su vida: El rey y el pájaro (Le roi et l’oiseau, 1952), del animador francés Paul Grimault. El film de Grimault sería una influencia fundamental, al punto que afirmó, en una entrevista de 1992, que “quizás mi carrera comenzó gracias a mi admiración por Paul Grimault”. Luego de graduarse en 1959, Takahata –que no era animador ni dibujante– comenzó a trabajar en Toei Dōga, una compañía que aspiraba a realizar producciones locales que igualaran en calidad y ambición a las de los estudios Disney. Trabajó como asistente durante un tiempo antes de debutar como director con varios capítulos de la serie Ken, el niño lobo (1963-65). El mismo año Hayao Miyazaki ingresó a la compañía, y así nació una de las amistades y sociedades más importantes de la historia del cine.

Los dos compartían el deseo de crear películas de animación más dramáticas y cinematográficas que la clase de films y programas de televisión dirigidos al público infantil que el estudio estaba produciendo. Las obras de Lev Atamanov –como La reina de las nieves (1957)– y las de Paul Grimault, entre otras, a cuyas proyecciones asistieron en el sindicato de la compañía, abrieron nuevas perspectivas sobre lo que era posible hacer con la animación. Pero estas nuevas ambiciones no eran bienvenidas por el estudio, y las relaciones ya eran tensas cuando en 1968 se estrenó el primer film de Takahata, Las aventuras de Hols. Príncipe del sol (en el que Miyazaki participó como diseñador escénico y animador), un clásico elogiado por la crítica, que reflejaba las preocupaciones y el espíritu rebelde de la época –el 68 también fue un año crucial en Japón–. Violento y cargado de energía, el film introdujo múltiples innovaciones técnicas y estilísticas, y estableció un nuevo paradigma en la animación japonesa, que definiría el trabajo posterior del estudio Ghibli: personajes complejos con una psicología realista, una narración adulta y visualmente original, al igual que temas sociales y políticos, y –por momentos– una violencia estilizada. También nos dio a Hilda, la primera de una larga serie de protagonistas femeninas multidimensionales, algo poco usual para esa época. Rompió con el paradigma de Disney y las animaciones infantiles, probando que las posibilidades del medio eran mucho mayores. Lamentablemente, el film se excedió de presupuesto y no tuvo éxito con el público. Toei Dōga la bajó de cartel a las pocas semanas y Takahata fue degradado al área de televisión. El mal ambiente entre los directivos y algunos de sus empleados llevaría a que durante un par de años hubiera una fuga de creativos, entre los que se encontraban tres figuras fundamentales: Yasuo Ōtsuka, Isao Takahata y Hayao Miyazaki.

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Marco, de los Apeninos a los Andes

Ōtsuka, el primero en irse en el año 1968, se sumó al proyecto del estudio A Pro de adaptar a una serie de animación el manga Lupin III (1967), de Monkey Punch, que relata las desventuras de un grupo de ladrones liderado por Arsenio Lupin III, el nieto de Arsenio Lupin, el ladrón de guante blanco francés protagonista de las novelas de Maurice Leblanc. Tres años más tarde se sumarían a él los otros dos, cansados de estar atascados en producciones menores. Trabajarían juntos en proyectos como Lupin III (1971-1972), para el cual tanto Takahata como Miyazaki dirigieron capítulos (curiosamente, una década después Miyazaki estaría a cargo de una serie sobre otro importante investigador, Sherlock Holmes), Las aventuras de Panda y sus amigos (1972) –dirigida por Takahata a partir de una idea original y guion de Miyazaki– y la muy popular Heidi, la niña de los Alpes (1974), revolucionaria dentro de la animación japonesa por su tema costumbrista y ritmo reposado. Popular hasta el día de hoy en Japón, el amor por Heidi… ha llevado a miles de turistas japoneses a visitar los Alpes suizos. Parte de World Masterpiece Theater, un “contenedor” televisivo japonés que adaptaba al anime un clásico de la literatura occidental por año, y emitida originalmente entre 1969 y 1997, Heidi…fue la primera serie de esta clase en la que trabajó el dúo. Seguirían haciéndolo, a partir de 1976 como parte del equipo de Zuiyo Eizo –actualmente Nippon Animation–, para la que crearon series como Marco, de los Apeninos a los Andes (1976) y Ana de las Tejas Verdes (1979), con Takahata como director y Miyazaki como encargado del arte.

Nuevos vientos

A comienzos de los ochenta Isao Takahata regresó a la pantalla grande, luego de una década, con dos películas: Jarinko Chie (1981), sobre una niña que intenta volver a reunir a su familia disfuncional, y Goshu, el violonchelista (1982), una adaptación de la obra de Kenji Miyazawa sobre un violonchelista diligente pero mediocre de un pequeño pueblo que recibe ayuda de animales antropomorfizados para practicar y mejorar su música; dos films que no tuvieron un estreno oficial en Occidente y en los que ya se evidencian marcas y temas que determinarán sus obras más importantes. Pero es en esos años que Takahata realiza otro trabajo que será crucial para su futuro, se desempeña como productor del film de Miyazaki –adaptado de su propio manga– Nausicaä del Valle del Viento (1984). Cinco años antes Miyazaki había dirigido su primer film, El castillo de Cagliostro (1979), una historia episódica derivada de su trabajo en Lupin III. A pesar de que no se sentía especialmente ligado a este trabajo y que fue un fracaso de taquilla, le abrió puertas. Toshio Suzuki, editor de la revista Animage, se interesó profundamente en su obra luego de conocerlo, y con la intención de ayudarlo a producir su próxima película lo puso en contacto con Tokuma Shoten, el grupo empresarial dueño de su revista. Luego de idas y venidas, acordaron que Miyazaki comenzaría con un mangaNausicaä del Valle del Viento, que comenzó a escribir y dibujar en 1981 y rápidamente se convirtió en el más popular de la revista Animage. Con ese éxito como base se decidió su adaptación fílmica, con Miyazaki en la silla del director y Takahata como productor. Eligieron un estudio pequeño llamado Topcraft para realizar la producción, en la que trabajó un animador por entonces desconocido llamado Hideaki Anno, que años después crearía otra obra fundamental de la animación japonesa, Neon Genesis Evangelion (1995-1996). Takahata aportará una pieza fundamental a la obra, al sumar a la producción al por entonces compositor experimental y minimalista Joe Hisaishi, que rápidamente se transformaría en una pieza fundamental de los estudios Ghibli y en un compositor de bandas sonoras reconocido internacionalmente por sus trabajos con Miyazaki y Takeshi Kitano.

El éxito de Nausicaä del Valle del Viento les brindó el reconocimiento del público y de la industria, necesarios para dar el próximo paso. Takahata y Miyazaki, con muchos años de trabajo y un conocimiento profundo de la industria y sus mecanismos, eran conscientes de que si querían elaborar sus ideas con libertad necesitaban establecer un estudio de animación propio. En 1985, y gracias al apoyo del presidente de Tokuma Shoten, Yatuyoshi Tokuma, se funda el Studio Ghibli. El nombre fue idea de Miyazaki, y está basado en el sustantivo italiano ghibli, que proviene del nombre árabe que designa al siroco (viento mediterráneo), con la idea de que representara al estudio como “un viento nuevo que sopla a través de la industria del anime. Una de las primeras decisiones del estudio fue contratar a Toshio Suzuki, que continuó trabajando en Animage en esta primera etapa de Ghibli; su carrera como redactor en jefe de la revista le brindó la posibilidad de dar visibilidad a las producciones del estudio. Al equipo también se sumaría buena parte de los empleados de Topcraft luego del cierre de la empresa, lo que resultó fue el encuentro de un grupo de personas formadas en general en Toei Dōga y que ya habían colaborado exitosamente con Takahata y Miyazaki en Nausicaä…

El primer film de Takahata para los estudios Ghibli no sería, como muchos creen, La tumba de las luciérnagas (1988), sino un documental llamado La historia de los canales de Yanagawa (1987). Luego del éxito de Nausicaä…, el dúo estaba buscando su próximo proyecto. En una visita a Yanagawa, en la que Miyazaki descubrió la belleza de la ciudad y sus canales, concibió la idea para un nuevo film sobre la vida de los niños de esta localidad y decidió que Takahata sería el director ideal. Éste viajó a Yanagawa con la intención de preparar el film, pero mientras recorría los canales en donkobune, rápidamente se encontró fascinado por la historia y la gente de esta ciudad, sus costumbres y su lucha por conservar los canales tan centrales para su vida y su identidad. A su regreso decidió proponerle a Miyazaki abandonar el proyecto animado y realizar un documental sobre la ciudad, su gente y sus más de cuatrocientos quilómetros de canales. Miyazaki aceptó y le otorgó la mitad de los fondos recaudados con su film y un año de tiempo, que se convirtieron en tres, mientras Takahata retornaba una y otra vez a Yanagawa a filmar a sus residentes, retrasando su película y preocupando a todos. El resultado es un film que explora la historia de la región a través de la figura de Tsutae Hiromatsu, el encargado de la división de suministro de agua, que junto a los residentes habían logrado rehabilitar los canales. Los temas de este documental son ahora ya clásicos de Ghibli: la nostalgia por modos de vida anteriores, la relación de los seres humanos con la naturaleza, el poder del trabajo en equipo y las catástrofes de la modernización, entre otros.

El poder de una lata de caramelos

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La tumba de las luciérnagas

Luego de su aventura documental, Takahata dirigió cinco largometrajes para Ghibli, comenzando por su film más famoso: La tumba de las luciérnagas (1988). La que para algunos es la película más triste de la historia del cine –y la más aclamada de su filmografía– se basó en un relato semiautobiográfico de Akiyuki Nosaka sobre sus experiencias durante el fin de la Segunda Guerra Mundial; aunque Takahata también se inspiró en sus propias vivencias, particularmente en la huida –descalzo, de pijama y entre cadáveres– del bombardeo de la ciudad de Okayama. El film cuenta la historia de un adolescente llamado Seita y su hermana pequeña, Setsuko, que quedan huérfanos en los meses finales de la guerra y deben encontrar la forma de sobrevivir. Ya en los primeros minutos de la película nos enteramos de que eso no sucederá, pero a pesar de eso el film no es narrado como un melodrama, sino que hay en él algo de la tradición neorrealista que el director admiraba. Takahata es paciente, construyendo la historia a partir de detalles, de esos momentos que pueblan la vida entre los bombardeos, de momentos de silencio en la naturaleza, de pausas que actúan como puntuación entre escenas, y de momentos íntimos de gran belleza, que nos dan el espacio necesario para absorber y reflexionar. Takahata consigue esto no sólo por su muy logrado realismo, sino también por lo opuesto, porque, como señala Roger Ebert, “la animación produce efectos emocionales no al reproducir la realidad, sino intensificándola y simplificándola, de modo que muchas secuencias son sobre ideas, no experiencias”.

La tumba de las luciérnagas es un film sobre la supervivencia y las formas en que las personas responden a la adversidad. Seita pronto verá que la plata, la familia, la comida, él mismo, todo le fallará. Sin revelar demasiado la trama, podemos decir que así como Seita no es un héroe sino un joven imperfecto que intenta aferrarse a la inocencia mientras su mundo se termina, que toma malas decisiones, a veces por un orgullo que es fácil ver como una metáfora sobre Japón y su incapacidad de someterse a la rendición, nadie, salvo Setsuko, la personificación de la inocencia, actúa por el bien del otro. La indiferencia puebla la película, al igual que esas personas que le pasan al costado en sus últimos momentos, ignorándolo, porque esta no es una historia sobre el triunfo del espíritu humano, sino sobre nuestras fallas, en toda su trágica belleza.

Los noventa

La década del 90 trajo consigo tres nuevas películas: Recuerdos del ayer (1991), Pompoko (1994) y Mis vecinos, los Yamada (1999). Recuerdos del ayer Mis vecinos, los Yamada comparten lo que el director ha definido como un método de reducción, un espacio en blanco para estimular la imaginación. Con la intención de ir más allá de la animación en celuloide, pero siempre reacio al 3D –a pesar de su pasión por los avances tecnológicos, nunca le gustó–, decidió reducir los elementos de la imagen. “Mi afirmación es que este método es lo que puede y debe ser aplicado en Japón, siguiendo nuestra larga tradición pictórica desde los rollos del siglo XII de caricaturas de animales antropomorfos, pinturas en tinta e impresiones ukiyo-e hasta el manga. Logré realizar esto en Mis vecinos, los Yamada y El cuento de la princesa Kaguya, pero había comenzado a practicar esto al dejar áreas del plano en blanco en las escenas de evocaciones de Recuerdos del ayer.” Mis vecinos, los Yamada es una comedia familiar, basada en una tira cómica de Hisaichi Ishii, y la primera película del estudio en realizarse íntegramente de manera digital. Presentada como si fueran tiras de manga, cuenta la vida de los Yamada, una típica familia japonesa de clase media. Una comedia pura, que Takahata acometió con el deseo de alejarse del drama y hacer una película completamente distinta a lo que había hecho, lo que ya había logrado parcialmente con Pompoko.

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Pompoko

Recuerdos del ayer, la rohmeresca película que estrenó tres años después de La tumba de las luciérnagas, es un drama adulto que se diferencia claramente de la mayor parte de las producciones de Ghibli, aunque comparte algunas preocupaciones típicas de las producciones del estudio, como la ecología, la nostalgia, y las diferencias entre la vida en el campo y en la ciudad. Basado en la obra de los mangakas Hotaru Okamoto y YukoTone, narra la historia de Taeko Okajima, una joven tokiota poco satisfecha con su vida que viaja a visitar a su familia en el campo. Durante la visita sus recuerdos infantiles y su presente se mezclarán intensamente. Aquí también innovó en la animación: con el objetivo de obtener un mayor realismo, el diálogo de las escenas del presente fue grabado primero y luego se animaron las escenas, por lo que los personajes tienen un mayor rango y exactitud de expresiones faciales. El presente es claro, detallado, tan realista como una animación convencional puede serlo, mientras que los recuerdos de su infancia son plasmados con un estilo más luminoso, casi que brumoso, al igual que se nos presentan las memorias al evocarlas. Recuerdos del ayer fue un éxito inesperado, y en su compleja exploración de la vida de una joven japonesa –un clásico de Ghibli– se mantiene como uno de sus films más importantes.

Cansado del drama, Takahata decidió hacer algo distinto, y cuando Miyazaki le sugirió realizar una película con tanukis –el “perro mapache” japonés–, nació Pompoko. De acuerdo al folclore, los tanukis tienen la habilidad de transformarse en humanos o en casi cualquier otra cosa, pero son demasiado aficionados a la diversión y la buena vida como para ser una amenaza. Sin embargo, cuando descubren que los seres humanos están destruyendo el bosque que es su hogar para construir una nueva urbanización, lucharán con todo lo que tienen para preservarlo. A pesar de lo que su alegato ecologista y su vena romántica sobre la pérdida de los modos de vida tradicionales pueden sugerir en primera instancia, Pompoko –onomatopeya del sonido que los tanukis hacen al golpear sus panzas– es una película muy graciosa y divertida. El reconocimiento de público y crítica fue inmenso, llegando a ser seleccionada en 1994 para representar a Japón en los premios Oscar en la categoría de mejor película de habla no inglesa.

Últimos vientos

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El cuento de la princesa Kaguya

Luego de muchos años alejado de la dirección, fue persuadido de volver por un joven productor de Ghibli, Nishimura Yoshiaki, con el apoyo económico de un ex directivo de televisión llamado Ujiie Seiichiro, que era un gran admirador suyo. En 2013, ocho años después de ese encuentro inicial, se estrenaba la película más cara de la historia del cine japonés: El cuento de la princesa Kaguya. Con un estilo que hace pensar en delicadas y evanescentes acuarelas, Takahata quería mostrar “la esencia que está detrás del dibujo, expresar la realidad sin una representación demasiado realista, apelando a la imaginación humana”. El film es una adaptación del relato más antiguo de Japón, El cuento del cortador de bambú, sobre una pareja de ancianos que encuentran, dentro de un tallo de bambú, a una niña que crece sobrenaturalmente rápido. Takahata retrata, en su película de despedida, a una princesa Kaguya libre, que reniega de las convenciones y de los matrimonios que con mucho cariño y buenas pero erróneas intenciones sus padres adoptivos le preparan. Aunque el film es fiel al texto, reflejando en la animación la parquedad de las palabras, Takahata llena los vacíos de la historia, en particular ampliando el relato de su infancia, como sólo grandes adaptadores pueden hacer.

Isao Takahata no era animador, pero ha dejado una marca indeleble en la historia de la animación por su pasión por la innovación tecnológica y artística, por llevar al medio siempre un poco más allá, y por fundar uno de los estudios más respetados. Decidió dedicarse a la animación para lograr expresar visualmente las emociones e ideas que no podría crear con actores y cámaras. Sus films, muchos de ellos adaptaciones de historias occidentales y japonesas, representan la encrucijada del Japón moderno a la vez que abrevan en lo mejor de las dos tradiciones, y lo ubican entre los mejores de la historia del cine. Todas sus historias, dijo, instan al espectador a vivir su vida al máximo, a ser todo lo que puede ser. “Esta tierra es un buen lugar, no porque haya eternidad (…). Todo debe terminar en la muerte. Pero en un ciclo, que se repite una y otra vez, siempre habrá otros que vengan después de nosotros.

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