Un juguete rabioso contra la sofocación

Reseña de Archipiélago de Roberto Echavarren (Montevideo: Literatura Random House, 2017). Salió en Brecha el 23 de febrero de 2018.


archipiélagoTres hombres, tres geografías, tres pasiones. Así es como se organiza Archipiélago, el último libro del narrador y poeta uruguayo Roberto Echavarren (1944). Tres historias isleñas que forman un archipiélago que no es geográfico ni temático, sino de tono, de atmósfera. Tres vidas guiadas por la intensidad, por las ganas de vivir, por una pasión irrefrenable: la pintura, el surf, la fotografía. Para los protagonistas no se trata de profesiones o de aficiones sino de modos de vida, son el núcleo a partir del cual se organiza la existencia de estos tres jóvenes disímiles pero emparentados por una forma de enfrentar el mundo.

Resulta un tanto extraño que en ningún lugar –ni en la contratapa, ni en la solapa en la que se listan las obras del autor– se señale que algunos de estos relatos fueron publicados previamente en dos oportunidades. Primero en La salud de los enfermos, por la editorial Hum en 2010, que incluye –con los nombres de “Denis” y “Stavros”– los cuentos que en Archipiélago pasarán a ser “El surfista de Bali” y “El pintor de Creta”. Pocos años después, en 2015, en la revista de poesía La Flauta Mágica, devenida proyecto editorial del propio Echavarren, aparecerá “Tres cuentos”, que incluye los dos cuentos ya mencionados (con sus nombres isleños) y un tercero llamado “Brasil interior”, ausente en Archipiélago, que según la contratapa “contrasta la experiencia de vida en dos enclaves geográficos: la ciudad y el sertón. Confronta en ambos la violencia humana y animal ligada al sexo. La escritura es para Wilson un impulso soberano de autonomía que lo sostiene en el aire mientras la muerte pasa por la tierra. No obstante el escritor termina presa de la rapacidad criminal de otros”. En el volumen que aquí reseñamos aparece un nuevo cuento, ausente de los dos anteriores: “El fotógrafo de Manhattan”. Tres publicaciones, tres islas y un sertón, pero ninguna aclaración. Una oportunidad desperdiciada de asomarse a la creación de estas historias y las razones detrás de sus reformulaciones –ninguna drástica, por lo que pude apreciar–, de que el propio autor, un ensayista perspicaz, ilumine el porqué de las ausencias y las nuevas inclusiones, sobre el cambio de denominación de estos relatos –cuentos, en “Tres cuentos”, novelas, en Archipiélago–, entre otras cuestiones.

Aunque las circunstancias son muy diferentes, los relatos de Echavarren indagan en tres vidas paralelas en los bordes de la sociedad contemporánea, tres formas extremas de plantarse desde lo social, lo estético y lo corporal. Los cuentos funcionan bien en conjunto, complementándose de formas interesantes. El libro abre con “El pintor de Creta”, originalmente el segundo cuento en La salud…, y el cambio es bueno, porque es el más flojo de los tres. Se trata de la historia de un joven cretense con un talento artístico excepcional, evidente desde la niñez, que no puede evitar dibujar a otros hombres. Su padre, militar en la conservadora Creta de los años cincuenta, no podrá aceptar las inclinaciones de su hijo, que deberá escapar de su tierra natal, de la censura y los apremios físicos, para recalar primero en Florencia y luego en otra isla, la de Manhattan. Entre los límites de la salud y la enfermedad, de la inspiración y el delirio, entre el goce y la religión, Stavros sobrevive como puede esperando el Rapto. El segundo cuento, “El surfista de Bali”, el más logrado del volumen, sigue la vida de un surfista uruguayo enfermo de cáncer. En su cuerpo, centro de tantas aventuras riesgosas que lo llevaron al éxtasis, crece una amenaza. Alternando la historia del viaje a Bali con la de las terapias que recibe –desde la oncológica a las alternativas, como la homeopatía o la terapia de la luz–, navega las aguas de la enfermedad, entre lo físico y lo psíquico, y el misterio inenarrable de su origen. Por último, “El fotógrafo de Manhattan”, el más ambicioso y extenso de los relatos, continúa la exploración de la intersección entre vida y arte, cuerpo y obra, especialmente en el relato central de la creación de una película sobre el glam, esa forma moderna del dandismo. El crearse a uno mismo hasta el fetiche, con la superficie como centro, con ecos de Baudelaire y del Wilde que afirmó que “tan sólo las personas superficiales no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”, son los núcleos de una narración que alcanza momentos excepcionales.

Lamentablemente, a lo largo de este libro, esos chispazos de inspiración cegadora no son constantes. Por momentos la narración se desencaja derivando en el chiste fácil o en algunas metáforas sexuales un tanto torpes, o la prosa –que mezcla variantes del español– no fluye de forma adecuada. Ese es el riesgo de una escritura neobarrosa, plagada de citas y formada como un montaje de distintos discursos que se funden en uno, con la que Echavarren elige explorar los límites de algunas vidas aisladas, entre el crimen y la utopía. Sin embargo, cuando logra la forja de lo alto y lo bajo, cuando la alquimia de la prosa resulta, el resultado
es brillante.

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