Sed sencillos

Reseña de El comensal de Gabriela Ybarra (Buenos Aires: Literatura Random House, 2017). Salió en Brecha el 9 de febrero de 2018.


532blibros2bel2bcomensal“Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes.” Con ese juego de ausencias y presencias en el centro del hogar comienza El comensal, la primera novela de Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983), ganadora del Premio Euskadi de Literatura en Castellano. Publicada originalmente por Caballo de Troya en 2015, llega a nuestro país a través del proyecto Mapa de las Lenguas, de Penguin Random House, que “surge como una propuesta para consolidar y visibilizar la llegada a Uruguay de la literatura hispanoamericana de excelencia que publican los sellos Alfaguara y Literatura Random House”.

El comensal se presenta desde el comienzo en la encrucijada de la crónica, la ficción y la autobiografía. En palabras de su autora, estamos ante “una reconstrucción libre de la historia de mi familia, sobre todo la primera parte, que transcurre en el País Vasco en la primavera de 1977, seis años antes de que yo naciera”. La fecha no es casual: en los meses de mayo y junio ETA secuestró al pater familias, el abuelo Javier, padre de su padre. El secuestro estaba políticamente motivado: los Ybarra eran una de las familias más ricas del lugar que, por tradición, controlaban la política regional. Javier Ybarra fue alcalde de Bilbao, presidente de la diputación de Vizcaya durante el régimen franquista y de los diarios El Correo y El Diario Vasco. Publicó un libro sobre la historia de Vizcaya, prologado por el infame fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas. La novela se abre con su secuestro, la mañana del 20 de mayo, en el barrio de Getxo, corazón de la alta burguesía de Euskadi. Los días pasarán entre la desesperación de sus hijos por conseguir el dinero que los secuestradores pretenden, y las cartas del padre, bañadas en la luz de la abnegación cristiana. Poco más de un mes después, su cadáver será encontrado en los bosques del Alto de Barazar, con un tiro en la cabeza, llagado y con 22 quilos menos, consecuencia de la falta de comida y la postración a las que fue sometido.

Si la primera parte de la novela se ocupa de la muerte del abuelo, el fin del franquismo y el accionar terrorista de ETA, a través de una reconstrucción histórica tejida con recuerdos propios, memorias ajenas e investigación periodística, la segunda parte estará dedicada a la muerte de su madre de forma más inmediatamente autobiográfica. Pero la muerte de la madre, acaecida tan sólo seis meses después de que le hubieran diagnosticado un cáncer, será narrada con el mismo aplomo y elegancia que la del abuelo. Ybarra evita las reflexiones pretendidamente profundas y las revelaciones al borde de la muerte, centrándose en las formas en que la ausencia nos golpea en las pequeñas cosas del día a día. Le huye al victimismo, incluso en los momentos en que relata la mudanza de la familia a Madrid cuando ella tenía 12 años, a causa de las amenazas sufridas por su padre –carta bomba incluida–, que no podrá regresar al País Vasco hasta el fin de ETA. Aunque no es solamente un relato sobre Euskadi Ta Askatasuna, sino sobre el duelo, la ausencia y cómo seguir viviendo, se lo puede enmarcar en un reciente esfuerzo literario de memoria, que incluye novelas como Patria, de Fernando Aramburu, reseñada el año pasado en estas páginas. Pero esta memoria se hace sin odio, porque como señaló la autora a El País (España), “el odio le da poder al otro, no se puede llevar una vida con odio”, y “a pesar de las amenazas, en mi familia siempre hemos intentado vivir”.

De todos modos, es cierto que Ybarra evita meterse de lleno en la cuestión política pura: no hay análisis ni comentarios sobre las razones detrás de las acciones, sino sobre cómo esas acciones influyen en la vida de las personas a las que afectan, ya que, como señala, “intimidad es política”. Por esto tampoco intenta disimular su origen de clase, contando sin tapujos su educación de clase alta y buenos propósitos católicos, sin eludir los beneficios económicos y sociales que esto le trajo. Porque en el centro de El comensal está un movimiento hacia afuera, un impulso a entender al otro y sus circunstancias, ya sea al padre, a quien comprenderá mejor luego de la liberación que le traen el duelo y el fin de la persecución, como a los asesinos de su abuelo o a los individuos que enviaron la bomba a su casa. “Miro fotos de etarras e investigo sus vidas. Me cuesta aceptarles, porque asumir su humanidad significa que yo también podría llegar a hacer algo así. Mi conciencia estaba más tranquila cuando imaginaba que eran locos o que no eran personas.”

El comensal evita los sentimentalismos incómodos de las peores novelas de duelo, el egocentrismo y la cursilería, en una narración certera, poblada de silencios, pero que no esconde el deterioro y la muerte, sino que se reconcilia con ellos. A lo largo del libro resuenan dos frases que lo determinan: “Lo más que pueden hacer es darme dos tiros” y “Sed sencillos”. La primera es del abuelo, la segunda de la madre. Ybarra asume su herencia y enfrenta con valentía y sencillez la muerte.

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