La exploradora

Artículo con motivo de la muerte de Ursula K. Le Guin (1929-2018). Salió en Brecha el 2 de febrero de 2018.


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El fallecimiento de Ursula K Le Guin, el pasado lunes 22 de enero en su casa de Portland, a los 88 años, nos deja no sólo sin una de las más brillantes escritoras de ciencia ficción, sino también sin una de las más importantes voces literarias contemporáneas, a secas. Si alguien representa esa conexión entre la escritura de género y la “literaria” es Le Guin, que dedicó su carrera a derribar prejuicios de toda clase con una obra vasta y de una originalidad deslumbrante, que le valió un amplio reconocimiento del público y de sus pares.

Nació el 21 de octubre de 1929 con el nombre Ursula Kroeber, en la ciudad de Berkeley, California. Hija menor de cuatro hermanos –tres varones–, creció en un hogar de antropólogos: su padre, Alfred L Kroeber, era un experto en los nativos americanos de California, mientras que Theodora Kracaw Kroeber, su madre, escribió un elogiado libro sobre la muerte del último “indio salvaje” (el famoso Ishi) de California. En este contexto, Le Guin creció leyendo clásicos sobre mitología, como La rama dorada, de James Frazer, los libros de fantasía y aventuras de Dunsany y Kipling, y las revistas de ciencia ficción de la época, es decir, de la llamada “edad de oro” de la ciencia ficción. Sin embargo, en diversas entrevistas la autora comenta que no le causó una gran impresión la ciencia ficción que leyó en esa época, que parecía ser toda “sobre hardware y soldados: hombres blancos que salen a conquistar el universo”. El regreso a la ciencia ficción llegaría muchos años después, al descubrir la obra de Theodore Sturgeon y especialmente de Cordwainer Smith, seudónimo de Paul Myron Anthony Linebarger, con quien comparte un especial interés por la cultura y la literatura de Asia oriental (Le Guin era afín al taoísmo y realizó una traducción del Tao Te Ching, de Lao Tzu).

Se graduó en 1951 en Radcliffe College –donde unos años después estudiaría otra grande de la ciencia ficción, Margaret Atwood–, y al año siguiente obtuvo una maestría en literaturas romances de la Edad Media y el Renacimiento en la Universidad de Columbia. Viajó a París con una beca Fulbright a cursar un doctorado que no terminaría. Allí conoció a su esposo, Charles Le Guin, con el que tuvo tres hijos: Theo, Caroline y Elisabeth. A su regreso a Estados Unidos se instalaron en Portland, donde su esposo se dedicó a enseñar historia en la universidad y ella a criar a sus hijos y a escribir. A principios de los sesenta ya había escrito cinco novelas –ubicadas en el imaginario país de Orsinia– que nunca vieron la luz. Tras estos rechazos, y buscando nuevas formas de expresar sus intereses, regresó a la ciencia ficción de su juventud.

El poder de la palabra

En 1966 publicó su primera novela, El mundo de Rocannon, que inaugura una de las dos grandes series de su obra, “el ciclo Hainish”. Dos años después comenzará la serie de Terramar –más cercana a la fantasía que a la ciencia ficción– con tres libros para un público juvenil escritos a pedido de su editor: Un mago de Terramar (1968), Las tumbas de Atuan (1971) y La costa más lejana (1972). Sin embargo, como todos los grandes libros infantiles o juveniles, su calidad, su estilo y sus dilemas morales no están rebajados para una audiencia joven, a la cual nunca subestimó. En los tomos de Terramar nos encontramos en un archipiélago –que da nombre a la saga– compuesto por un conjunto de islas que se asemejan a las Filipinas o Indonesia, rodeadas por un vasto océano inexplorado. Aunque claramente influenciada por la trilogía de El señor de los anillos, de J R R Tolkien, a quien tenía en gran estima, la saga de Terramar difiere de maneras importantes con ella. La mayoría de sus habitantes son personas de color, lo que será una constante en la obra de Le Guin, que fue una feroz crítica de lo que consideraba una errónea concepción de la fantasía, en la que los personajes debían ser blancos y las sociedades semejarse a aquellas de la Europa medieval. La magia en este mundo está estrechamente ligada al lenguaje y a la idea de que los nombres tienen el poder de alterar la realidad material y su balance. Porque central a Terramar también será la concepción taoísta del equilibrio entre fuerzas opuestas, en contraposición a la tradicional lucha del bien y del mal. A pesar de esto, las subversiones de las expectativas del género (y de género), que no sólo incluyen el mencionado color de piel, la importancia del lenguaje y la filosofía asiática, sino también a protagonistas tanto femeninos como masculinos, no supuso un rechazo del público de la ciencia ficción, sino que, a fuerza de potencia narrativa e inventiva, se ganó un lugar especial dentro del género y estableció las condiciones, junto a escritores como Octavia Butler y Samuel Delany, para la inclusión de otros puntos de vista y para el surgimiento de nuevas perspectivas dentro de la fantasía y la ciencia ficción.

A los tres bildungsroman iniciales se suman ocho cuentos, todos ellos –a excepción de “La hija de Odren” (2014)– recopilados en Cuentos de Terramar (2001) y Las doce moradas del viento (1975), que incluye joyas como “Los que se alejan de Omelas” y “El día antes de la revolución”. También regresó muchos años después a Terramar con otras dos novelas, esta vez escritas para un público general: Tehanu (1990), que continúa la historia de Tenar, la protagonista de Las tumbas de Atuan, y En el otro viento (2001), secuela del anterior. En los años que siguieron a estas novelas la saga fue llevada con poco éxito de crítica a la televisión. Primero llegó La leyenda de Terramar (2004), una miniserie del Sci Fi Channel, que optó por quitar toda la sutileza de la obra original para poner en su lugar los estereotipos y clichés más berretas. Como si eso fuera poco, decidieron también volver blancos a todos los personajes, inventar varios nuevos y alterar la trama de forma irreversible. No hay que aclarar que Le Guin no quedó nada contenta: “Ged con cara blanca era una mentira, una traición –una traición al libro y al lector potencial–”. En 2006 llegó una adaptación al anime de la mano del afamado Studio Ghibli y dirigida por Goro Miyazaki, hijo del inigualable Hayao Miyazaki. A pesar de haber rechazado en principio la oferta de Hayao Miyazaki de adaptar las novelas (sólo nos queda soñar con lo que ese combo podría haber dado), eventualmente decidió ceder los derechos porque le encantaban las películas del director japonés. Cuentos de Terramar combina elementos y personajes de las cuatro primeras novelas en una nueva creación que no terminó de convencer a la escritora, que consideró que el cambio de trama y la recontextualización de los personajes, sumados a un foco mayor en la violencia, la alejaban de sus libros.

La escritora

La saga de Terramar y el ciclo Hainish –del que hablaremos más adelante– son sólo parte de una obra enorme que incluye más de veinte novelas, una docena de libros de poesía, más de cien cuentos (publicados en una gran variedad de revistas y recopilados en varios volúmenes), 13 libros para niños, siete colecciones de ensayos y varias traducciones, entre las que se cuentan la ya mencionada del Tao Te Ching, una antología de poemas de Gabriela Mistral, y un libro de poemas compartido con Diana Bellessi, en el que cada una traduce a la otra. Sus libros han sido vertidos a más de cuarenta lenguas y han vendido millones de copias; algunos, como La mano izquierda de la oscuridad (1969), llevan más de medio siglo siendo reeditados. Esta increíble trayectoria vino acompañada de un gran éxito de crítica, que ha ido desde los halagos de John Updike a los de Harold Bloom, quien la incluyó en su famoso El canon occidental, afirmando que es “una creadora sumamente imaginativa y una estilista mayor” que “ha elevado la fantasía a la alta literatura de nuestro tiempo”. El favor de los críticos y los lectores vino acompañado de muchos premios; solamente con sus novelas ganó el Nebula (cuatro veces), el Hugo (dos veces), el Locus (cinco veces) y un World Fantasy Award. Pero también obtuvo premios de la mainstream, como la Medalla por una Contribución Distinguida a las Letras Americanas, de la National Book Foundation, en 2014, en cuya ceremonia dio un discurso incendiario y ampliamente aplaudido en contra de las nuevas prácticas editoriales y de Amazon, y a favor de las bibliotecas y los intelectuales, a la vez que un llamado a los futuros escritores a no bajar los brazos: “Vivimos en el capitalismo, su poder parece ineludible, pero también lo parecía el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por seres humanos. La resistencia y el cambio a menudo comienzan en el arte. Muchas veces en nuestro arte, el de las palabras”.

Además de los ciclos ya mencionados, hay que destacar la novela de 1971 La rueda celeste (originalmente serializada en la revista Amazing Stories), en la que un hombre, George Orr, descubre que sus sueños tienen la capacidad de alterar la realidad. George buscará la ayuda de un ambicioso investigador sobre el sueño, el doctor William Haber, que no dudará en aprovecharse de su poder para sus propósitos. Si la trama les suena “dickiana” no es casual, ya que como señaló en una entrevista con la revista de tecnología Wired, la novela fue pensada como un homenaje a Philip K Dick, una influencia declarada de la autora. Aunque no fue asidua a los circuitos de escritores, con Dick mantuvo una importante correspondencia, aunque nunca llegaron a conocerse en persona. Bueno, que ella recuerde, porque de hecho fueron compañeros de liceo en Berkeley. Digno de una novela de Dick, no sólo ella sino ninguno de los compañeros que consultó al respecto recuerdan haber visto a Dick en esa época, el hombre desconocido de Berkeley High.

 

Otros dos aspectos no tan mencionados de su producción son también importantes: la poesía y el ensayo. Consultada por The Paris Review sobre cómo se sentía al ser asociada con la ciencia ficción, contestó: “No creo que ciencia ficción sea un buen nombre, pero es el que tenemos. Es diferente de otros tipos de escritura, supongo, por lo que merece un nombre propio. Pero cuando me puedo poner enojona y combativa es si me llaman solamente escritora de ciencia ficción. No lo soy. Soy una novelista y una poeta. No me encasillen, no encajo, porque estoy en todos lados”. Comenzó a escribir poesía desde chica y nunca paró, publicó títulos a lo largo de 40 años. Más allá de lo que muestran algunos poemas sueltos a los que se puede acceder en Internet, en cuanto a la misma preocupación por el lenguaje, el feminismo y las influencias asiáticas presentes en su obra narrativa, no hay mucho más que quien escribe pueda aportar. Lamentablemente, la circulación de esta parte de su obra es mucho más limitada, a pesar de la importancia que su autora le daba. Curiosamente, otro aspecto en el que coincide con su amiga Margaret Atwood. Con Atwood también comparte el otro vértice, el del ensayo, ya que ambas han sido siempre asiduas participantes en las discusiones sobre literatura, y más específicamente sobre los límites de la ciencia ficción, muchas veces desde ángulos opuestos. El trabajo como crítica y narradora de Ursula K Le Guin fue fundamental para desmontar el mito de que la literatura fantástica o la de ciencia ficción eran literaturas menores. Su erudición y pericia a la hora de diseccionar la obra y los prejuicios ajenos, a la vez que su cuidada y clara argumentación, abrieron el camino. Dedicó una parte importante de su tiempo y sus palabras a la escritura ensayística, en forma de libro pero también como crítica literaria en The Guardian, o en el blog que abrió a los 80 años (parte del cual recopiló en No Time to Spare, de 2017). La mayoría de estos libros permanecen inéditos en español, con la feliz excepción del recientemente editado Contar es escuchar, nombre en español que le ha dado la editorial Círculo de Tiza al libro de 2004 The Wave in the Mind.

Conectadas a su obra ensayística están sus intervenciones públicas, ya sea el mencionado discurso de 2014 o las recordadas discusiones con autores como el reciente premio Nobel Kazuo Ishiguro. Detrás de esas facciones arrugadas de abuelita entrañable residía un carácter fuerte que no tenía miedo de decir las cosas: protestó contra los creadores de Harry Potter y Avatar, que no reconocieron la evidente deuda que tenían con su literatura (el ciclo de Terramar y El nombre del mundo es Bosque, respectivamente), se quejó del estado de la industria editorial y participó activamente en cuestiones políticas, además de escribir reseñas inmisericordes. Neil Gaiman, uno de los tantos autores que en estos días escribió en recuerdo de la escritora, contaba: “Una vez ella reseñó un libro mío y no fue del todo amable al respecto, y mientras leía su reseña descubrí que prefería ser reprendido por Ursula K Le Guin a ser alabado profusamente por cualquier otro autor vivo”. Nada enfurecía más a Ursula que los escritores no reconocieran su deuda con la ciencia ficción, como dejó en claro en una reseña sobre una novela de Jeanette Winterson, en la que dijo: “molesta la curiosa ingratitud de los autores que explotan un fondo común de imaginería mientras simulan que no tienen nada que ver con los compañeros escritores que lo crearon y lo dejaron abierto para todo aquel que quiera usarlo”. De la misma manera presionaba a Margaret Atwood, aunque con mucho cariño, por su negación a aceptar que escribe ciencia ficción (Atwood prefiere el término “ficción especulativa”).

Experimento mental

Central a la obra de Ursula K Le Guin es la idea del experimento mental (thought experiment), diseñado para explorar la naturaleza de las sociedades humanas, para pensar qué pasaría, por ejemplo, si los seres humanos no tuvieran género y solamente en momentos de celo asumieran las características femeninas o masculinas (al azar), para luego volver a su estado neutro. O cómo sería una utopía anarquista. De estos dos experimentos mentales surgen dos de sus mejores novelas, parte del ya mencionado ciclo Hainish: La mano izquierda de la oscuridad (1969) y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974). Sin embargo, Le Guin se ha opuesto a la idea de un “ciclo Hainish”, señalando que “no forman una historia coherente”, lo cual es parcialmente cierto. A pesar de esto, estas novelas y cuentos (demasiados para citar aquí) tienen una historia macro en común, la de una civilización humana original –los hain– que poblaron colonias interestelares, incluida la Tierra. Algunas de estas razas humanas tienen nuevas características debido a los experimentos genéticos realizados por este pueblo (una posibilidad mencionada en La mano izquierda…), que, muchos años después, contacta a estos diversos mundos para formar una liga de todos los planetas, conocida más tarde como Ekumen.

La existencia de múltiples civilizaciones humanas en planetas de características variadas abre la posibilidad de explorar diversas construcciones sociales. Le Guin era una maestra a la hora de detectar y construir relaciones sociales, una creadora de mundos nata, con el ojo de una materialista histórica. Podía crear un mundo en pocas páginas o en una novela gigantesca con la misma habilidad. A la vez que utilizaba los tropos más conocidos –ya fueran dragones y magia o viajes y conflictos intergalácticos–, destruía las convenciones del género, centrándose en la interacción entre culturas más que en las batallas épicas. Sus protagonistas luchan contra el racismo, el colonialismo o el sexismo, pero también contra sus propios prejuicios, como perfectamente demuestra Ai, el protagonista masculino de La mano…, que no puede dejar de lado sus estereotipos sobre los roles de género. Esta novela está construida a partir de distintos tipos de discursos (la narrativa de viajes, los mitos, la novela política, la distopía orwelliana), que presentan diferentes miradas sobre las sociedades del planeta Gethen. Le Guin explora e intersecta cuestiones sobre feminismo, política y ecología con habilidad, sin dar respuestas fáciles, aunque ha señalado que esto se dio de forma más instintiva que programática. La realidad es que La mano… es una novela radical en su contexto, que cambió muchas percepciones, y que se mantiene como una de sus obras más emocional e intelectualmente movilizantes. Los desposeídos, la otra obra fundamental de este ciclo, profundiza algunas de las cuestiones planteadas en la anterior, en particular la posibilidad de la utopía (¿es la sociedad andrógina, precapitalista y sin guerras de Gethen una utopía? La novela parece concluir que no). En el caso de Los desposeídos, la ambivalencia de la respuesta está dada ya en el subtítulo de la novela: “Una utopía ambigua”. Quizás se trata de su novela más ambiciosa, en la que contrasta dos tipos de organización social: una sociedad capitalista pujante llamada Urras, que oprime a sus clases bajas, y Anarres, una sociedad utópica con tonos anarquistas y sin clases (basada en parte en las ideas de Kropotkin), que resulta opresiva de otras maneras. Shevek, el físico en el centro de esta historia, deberá viajar de su hogar en Anarres a la sociedad capitalista para terminar su “teoría general del tiempo”, que permitirá las comunicaciones instantáneas a través de las galaxias presentes en otras novelas. Este viaje le permite a Le Guin explorar muchas de sus inquietudes sin perder la potencia imaginaria de sus mundos, que por momentos parece que se pueden oler y tocar como si fueran reales.

Resulta difícil definir la magnitud y complejidad de su mirada. Le Guin nunca dejó de insistir en el poder subversivo y la belleza de la imaginación. Entendió que las ciencias sociales y la antropología tenían mucho que aportar a la ciencia ficción, que eran fundamentales para imaginar nuevos mundos. Operó fuera de convenciones y lugares comunes para crear una obra de una belleza y una sensibilidad moral inusuales. Luchó contra los valores raciales y patriarcales que forman los cimientos de nuestras sociedades. Nunca dejó de probar que un libro de ideas puede ser emotivo y estar hermosamente escrito, y varios de ellos se cuentan sin lugar a dudas entre los clásicos del siglo pasado. Como bien dijo, “todos debemos aprender a inventar nuestras vidas, a crearlas, a imaginarlas. Necesitamos que nos enseñen estas habilidades; necesitamos guías que nos muestren cómo. Si no lo hacemos, nuestras vidas son determinadas por otras personas”.

 

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