La ausencia

Recordando a Michelangelo Antonioni. Salió en Brecha el 22 de diciembre de 2017.


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Hace diez años que los restos mortales de Michelangelo Antonioni descansan en su ciudad natal. Falleció a los 94 años de edad, el 30 de julio de 2007, el mismo día que Ingmar Bergman. Forma parte de un selecto grupo de directores que han ganado la Palma de Oro (“Blow-Up”), el León de Oro (“El desierto rojo”) y el Oso de Oro (“La noche”), y es el único que además obtuvo el Leopardo de Oro (“El grito”). Lo que sigue es un breve repaso de la carrera de un director italiano que en sólo una década le cambió el rostro al cine.

Michelangelo Antonioni nació en 1912 en una familia de comerciantes de clase media de Ferrara. Estudió economía y comercio en Bolonia, pero abandonó para decantarse por su verdadera pasión: el cine. Llegó a Roma a fines de la década del 30 y comenzó a trabajar como crítico en la revista Cinema, pero al no estar interesado en la línea neorrealista que impulsaba la dirección renunció a los pocos meses. Ingresó en 1942 al Centro Sperimentale di Cinematografia, de Roma –en el que también estudió unos pocos meses–, al mismo tiempo que obtenía sus primeros trabajos en la industria. En los años que siguieron trabajó como ayudante de dirección y guionista para grandes directores, como De Santis, Fellini, Carné y Rossellini, al tiempo que dirigía documentales. En 1950 llegaría su debut en el largometraje de ficción con Pasión prohibida, un filme que rompió con el neorrealismo imperante al alejarse de las clases populares y dirigir su mirada a las clases media y alta, en las que descubrió otro tipo de insatisfacción. La estructura narrativa de la búsqueda, entre el deseo y la muerte, que tiene su origen en este filme, será una constante en sus siguientes trabajos.

En las décadas del 40 y el 50 dirigió películas, como Las amigas (1955) y El grito (1957), en las que ya se perfilan claramente los temas que lo obsesionan: la imposibilidad de comprender la realidad, la dificultad para establecer relaciones auténticas entre las personas, el desarraigo de los individuos ante una sociedad deshumanizadora. Sin embargo, el reconocimiento internacional llegará en la década siguiente con la llamada “trilogía de la incomunicación”. Con esta serie de obras, y junto con directores como Resnais, Fellini y Bergman, comenzaría a surgir un nuevo cine europeo, en el que el ennuicontemporáneo sería central. Con su ambicioso trabajo visual, sus narrativas abiertas y su foco en la alienación de las sociedades modernas, Michelangelo Antonioni abrió nuevos caminos para el cine.

La incomunicación

Cuatro filmes componen este período, el más productivo de su carrera: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962) componen la famosa trilogía, a la que le podemos sumar su primera película en color, El desierto rojo (1964). La consistencia en lo visual, el marco social, los temas y personajes unen estos filmes, en los que lo vemos afirmar su estilo a través de una serie de estrategias narrativas y estilísticas que apenas asomaban en sus primeros trabajos. A partir de La aventura consolidó una aproximación al cine y a los problemas de la incomunicación en las sociedades contemporáneas, replicando algunos de esos problemas en la propia estructura de sus películas, con una cámara que deambula junto a los personajes y que deja gran parte de las cuestiones planteadas sin solución a la vista. Fundamental en este período es el trabajo junto a la gran Monica Vitti, una de sus fuertes protagonistas femeninas, que tendría roles fundamentales en estos cuatro filmes.

La aventura supuso la madurez de una estética y el surgimiento de una nueva gramática. Es una pieza icónica del cine-arte de los sesenta: la historia narra la enigmática desaparición de una joven mujer durante un viaje por la costa de Sicilia y la subsiguiente búsqueda llevada a cabo por su amante y su amiga. Los planos largos y espaciosos (que tanto molestaban a Orson Welles), en los que la cámara sigue a los personajes a cierta distancia, y su ritmo lento, de una inmovilidad superficial atravesada por tensiones subterráneas, la llevaron a ser abucheada cuando su estreno en Cannes. Estos personajes sufren de un aburrimiento existencial: sus vidas están vacías, ocupadas sólo por la momentánea satisfacción que trae la búsqueda del placer o la riqueza. Como señala David Bordwell, en estos filmes “las vacaciones, fiestas e intereses artísticos son esfuerzos vanos, destinados a ocultar la falta de propósitos y emociones que los aqueja”. El paso del tiempo, el sinsentido de las acciones y la dificultad de acceder a lo real son algunas de las cuestiones que atraviesan a todas las películas de este período. En un discurso pronunciado en Cannes luego del estreno de La aventura, Antonioni señaló que en la era moderna de la razón y la ciencia la humanidad aún vive bajo una “rígida y estereotipada moralidad que todos reconocemos como tal, pero igual mantenemos por pura cobardía y pereza. Hemos examinado esas actitudes morales con mucho detenimiento, las hemos diseccionado y analizado hasta el hartazgo. Hemos sido capaces de todo esto, pero no hemos podido encontrar nuevas”.

Un tema fundamental de la trilogía –o tetralogía– es la creciente abstracción del espacio. Los personajes quedan atrapados en planos que los aíslan contra paredes, edificios o en calles vacías, en tomas que cada vez requieren menos de su presencia, como en el inolvidable final de El eclipse. Con la arquitectura de Roma como fondo, marcada por el avance de las nuevas construcciones sobre la ciudad tradicional, Antonioni alcanza la apoteosis de su estilo en un montaje que resume el tema central de su obra: la dificultad de conectar en un mundo moderno alienante. Esta pérdida de la palabra, de cierta manera, forma parte de la desconfianza del autor respecto de ella, como señaló en otra ocasión: “Creo que la gente habla demasiado; ese es el quid de la cuestión. No creo en las palabras. La gente usa demasiadas palabras, y usualmente las equivocadas”.

El desierto rojo, a la vez que tiene fuertes conexiones con la trilogía, marca un nuevo rumbo en su obra. Ante todo porque es su primer trabajo en color, algo que Antonioni no se tomó a la ligera. El aspecto visual de la película es magnífico, a la vez que fuertemente antinatural, con un uso claramente simbólico de los colores. Pero El desierto rojo también marca el cambio en algunos de sus intereses, que lo llevaron a explorar mercados internacionales.

La aventura anglo

Con Blow-Up (1966), su primera película en inglés, obtuvo la Palma de Oro en Cannes, seis años después de haber sido abucheado en esas mismas salas. El filme marcó un nuevo rumbo con relación a sus trabajos previos sobre la alienación. Basado muy libremente en el cuento de Julio Cortázar “Las babas del diablo”, la película se aproxima más a una historia que sus anteriores filmes: la de un fotógrafo de moda en la swinging London que sin querer fotografía un asesinato. En el centro se encuentra una memorable secuencia de descubrimiento casual, en la que el protagonista amplía las fotografías que tomó en un parque hasta casi transformarlas en abstracciones de luces y sombras, revelando lo que parece ser un hombre armado entre los árboles y un cadáver en el piso. Pero digo que “se aproxima” a una historia porque en el momento en que el filme parece estar por transformarse en un noir, Antonioni abandona el suspenso creado y envía al protagonista a un enigmático viaje nocturno que culminará en la madrugada, con unos mimos jugando al tenis (en uno de sus tantos finales memorables). La obligación del fotógrafo, como la del director, es acercarse, y acercarse a la realidad hasta descubrir lo oculto. Lo dijo el propio Antonioni: “Mi trabajo es como excavar, es una investigación arqueológica entre los áridos materiales de nuestro tiempo”. El desvío en la historia no es casual, porque la pregunta que guía al filme no es quién asesinó al hombre del parque, como podía parecer en un primer instante, sino cuál es “la relación de un hombre con la realidad”.

Blow-Up la seguirá Zabriskie Point (1970), esta vez en Estados Unidos y con una excelente banda sonora a cargo de Pink Floyd. En oposición a la complejidad de la primera, Zabriskie Point es una película más simple que intenta capturar el ambiente de la contracultura en la década del 60 en Estados Unidos. Aunque su exploración de las políticas revolucionarias o estudiantiles no tiene la fuerza de las obras de la década anterior, el filme encuentra su eje y su mayor atractivo en dos escenas alucinatorias y maximalistas centradas en el amor y la muerte: una escena de sexo masivo en el desierto y la reiterada explosión de una casa y todo lo que se encuentra en su interior.

El silencio

Antonioni continuó filmando en los años que siguieron, aunque no con la misma intensidad ni el mismo éxito. En 1985 sufrió un derrame cerebral que lo dejó con dificultades para hablar y moverse y que a la postre lo alejó del cine.

En la actualidad, algunos de sus primeros trabajos –como Las amigas– han sido revalorizados, a la vez que los últimos –principalmente Identificación de una mujer (1982)– se han vuelto más misteriosos y atrayentes. De cualquier manera, como bien señaló Peter Weller, que actuó en Más allá de las nubes (1995), filme codirigido con Wim Wenders, “él fue el primer tipo que realmente comenzó a hacer películas sobre la realidad del vacío entre las personas, sobre la dificultad de atravesar este espacio entre amantes hoy en día… y Antonioni nunca te da una respuesta. Eso es lo hermoso”.

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