Ese malestar perpetuo

Reseña de El lugar donde mueren los pájaros de Tomás Downey (Buenos Aires: Fiordo, 2017). Salió en Brecha el 15 de diciembre de 2017.


9789874178008_640x640Su primer libro de cuentos, el elogiado Acá el tiempo es otra cosa, ganador del primer premio del concurso de letras del Fondo Nacional de las Artes en 2013 y finalista del Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez (2016), lo estableció como un narrador a tener en cuenta. Pocos años después, el argentino Tomás Downey (1984) regresa con un volumen de cuentos que lo confirma como uno de los narradores jóvenes más prometedores de la vecina orilla. El lugar donde mueren los pájaros, su más reciente libro, profundiza lo realizado en su debut, continuando la aproximación a la ciencia ficción y la literatura fantástica, así como la indagación en las relaciones familiares y de pareja que pronto revelan aspectos inquietantes bajo una aparente capa de normalidad.

En los cuentos de El lugar… podemos observar influencias variadas: desde el terror y la ciencia ficción anglo a la tradición fantástica rioplatense –más cerca de Wilcock y Bioy que de Borges-, pero también del realismo sucio estadounidense y su tradición cuentística -Carver y Cheever- o incluso de la literatura de Lydia Davis. De Davis es el epígrafe (del cuento “Ejemplos de confusión”), que con su perspectiva equívoca sobre lo que la protagonista observa define a la perfección la relación de estos cuentos con la realidad. A pesar de que a algunos los podemos categorizar sin dudas dentro de lo fantástico (“La piel sensible”, un cuento de fantasmas) o la ciencia ficción (“Los Täkis” y su invasión alienígena), es claro que en la mayoría de los casos Downey utiliza elementos genéricos para producir extrañamiento, para indagar en las oscuras aguas de las relaciones personales y la psiquis humana, más que para explorar las posibilidades de los temas o procedimientos tradicionales de estos géneros. Según Mariana Enriquez, lo que escribe Tomás Downey son cuentos raros, y “el cuento raro no es un género: es una especie inquietante que esconde una vaga amenaza, que deja al lector entre el asombro y la molestia”. Y a pesar de que los peligros de la definición de “raros” han sido ampliamente tratados de este lado del río, Enriquez acierta en subrayar la condición de limítrofes de estos cuentos, que parecen –o más bien se sienten– fantásticos, incluso cuando no hay elementos -sobrenaturales o de otra índole- que permitan clasificarlos como tales.

Downey comparte varias de estas características con algunos de sus compatriotas: Luciano Lamberti, Samanta Schweblin o la propia Mariana Enríquez (a las que ha señalado como una influencia importante en diversas entrevistas). En todos ellos podemos ver una aproximación al terror y a lo fantástico que se basa en lo cotidiano. Lo que distingue a Downey de sus contemporáneos es su extrema precisión a la hora de narrar y una cierta economía del lenguaje muy particular, así como una manera de contar que muestra más que dice, y que podemos pensar como influenciada tanto por la tradición cuentística estadounidense como por su formación audiovisual. Esta forma de narrar, en la que los sentimientos o pensamientos de los personajes quedan fuera de las palabras y a disposición de la imaginación del lector, le otorga un importante nivel de ambigüedad a los relatos y explica en parte esa sensación de extrañeza que permea el libro hasta en sus momentos más realistas. Lo podemos ver claramente en el cuento que abre el libro, “Hermanas”, sobre tres hermanas preadolescentes que realizan un extraño –pero posible­– ritual en el campo. Y es el campo (o los suburbios) un escenario usual en estos cuentos, con una connotación oscura y salvaje más que idílica y romántica. Incluso cuando aparecen la ciudad (“La piel sensible”, “Un cementerio con palmeras”) o el balneario (“El lugar donde mueren los pájaros”) lo hacen a partir del aislamiento y el vaciamiento, como si los hechos narrados precisaran ese espacio de libertad, ese distanciamiento de la vida en sociedad, para poder producirse. Esta distancia permite la exploración –nunca textual, siempre mostrada-, a través de situaciones excepcionales, de diversas facetas de la sociedad contemporánea: los roles y las expectativas de género, las relaciones entre generaciones, la infancia, la vida en pareja o las exigencias de la maternidad.

El lugar donde mueren los pájaros es un libro escrito de forma clara y contundente, con ciertos desniveles a lo largo de sus diez cuentos, pero siempre interesante. A través de tramas originales y sutiles y un manejo excelente de la tensión, el lector se ve atrapado entre la incomodidad y la risa, la empatía y la repulsión. Como esos pájaros oscuros que brillan en el bosque en el cuento que da título al libro, Tomás Downey interpela al lector y lo sitúa en un lugar donde no hay respuestas seguras, en el que las certezas van a morir y nuestros impulsos ocultos son revelados.

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