Desentrañar el silencio

Entrevista a Javier Cercas. Salió en Brecha el 13 de octubre de 2017.


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Invitado a Montevideo por la Feria del Libro, el escritor español Javier Cercas conversó con Brecha –entre otras cosas– de su última novela, “El monarca de las sombras”, volvió sobre su obsesión de cómo el pasado reescribe el presente, defendió a capa y espada su condición de escritor posmoderno y se embarcó con gusto en la discusión de la crisis provocada por el secesionismo catalán que mantiene a España en vilo.

Tu último libro, El monarca de las sombras, tiene un vínculo claro con Soldados de Salamina, pero si en este último hay una reivindicación política del pasado republicano, en tu última novela hay una asunción de tu pasado histórico-familiar.

—En este sentido creo que el libro tiene más que ver con El impostor que con Soldados…

—¿Por la cuestión de la mentira?

—Claro, porque en El impostor hablaba de cómo cuando se trata del pasado, del peor, del más negro, individual o colectivo, lo que hacemos es enmascararlo, edulcorarlo, que es lo que hizo Enric Marco: inventarse un pasado glorioso, épico, de víctima –porque ya sabemos que hoy las víctimas son gloriosas– de los nazis y de héroe antifranquista para ocultar un pasado gris y mediocre, por no decir algo peor. Y eso me parece que es un instinto del ser humano, y en este libro lo que hago es exactamente lo contrario, intentar afrontar el peor pasado personal y colectivo, que en el caso de los españoles es el de la guerra, con la mayor honestidad, complejidad y coraje posibles. Esto no fue una cosa deliberada, yo tenía esta historia desde siempre en la cabeza, y lo que quería era contarla, lo que quería era afrontar la peor herencia de mi familia.

—De cierta manera destapar el silencio…

—El silencio que hay sobre todas nuestras historias. Todos tenemos una herencia de violencia con la que cargamos, de eso habla este libro. No de la guerra civil, sino de la herencia de la guerra civil, y no de la herencia de la guerra civil, sino de la herencia de violencia con la que todos cargamos. Todos: uruguayos, españoles, latinoamericanos, todos. Y sobre esa herencia, como es natural, flota una neblina, nosotros no sabemos qué es lo que hicieron nuestros antepasados. Nuestros padres y abuelos nos cuentan lo bueno, pero no lo malo, lógico, ¿no? Entre otras razones porque quien ha vivido acontecimientos traumáticos terribles, como una guerra o una dictadura, no quiere hablar de ellos, y quien habla de ellos normalmente suele mentir, como Marco, que llevó esa mentira a la hipérbole. Ellos tienen el derecho de callarse, pero nosotros tenemos la obligación de saber, porque nosotros somos ellos, somos nuestros antepasados, carne de su carne, y lo heredamos todo, lo bueno y lo malo, y es fundamental por eso entender, saber en qué consiste esa herencia y comprenderla; porque si sabes en qué consiste, puedes manejarla.

—Es lo que le pasa a El Pelaor, que está atrapado en la historia del asesinato de su padre, y que, creo, constituye uno de los momentos más terribles de la novela.

—Sí, estoy totalmente de acuerdo. Ese caso es peor, porque ese hombre llevaba un pasado terrible que ni siquiera sus propias hijas conocían, o lo conocían, pero de segunda mano, él nunca lo había contado y eso es normal. Por eso digo que la gente que ha vivido esas experiencias no quiere hablar de ellas.

—La novela hace ese camino, de lo personal a lo universal.

—Es lo que debe hacer la literatura, convertir lo particular en lo universal. Por eso me costó tanto trabajo y tanto tiempo escribir este libro, porque tenía que desentrañar qué había de universal en una historia tan íntima, la historia más antigua que yo tenía, ya que mi madre me hablaba de este chaval desde siempre. Qué había de universal en eso, y además para contar esta historia necesitaba algo tremendo, que es saber qué hicieron mis antepasados en la guerra: yo sabía que habían sido franquistas, pero no sabía hasta qué punto ni con qué profundidad. Averiguar eso es tremendo, porque podría haber encontrado cosas espantosas. Como decía un escritor catalán, Santiago Rusiñol, “los que buscan la verdad merecen el castigo de encontrarla”. El caso es que no lo he tenido, al despejar esa neblina resultó que no era tan terrible como yo había temido.

—Sin ser un héroe, evidentemente, porque eligió el bando equivocado, hay algo redimible en Manuel Mena, que es cierta consecuencia con sus acciones y con hacer lo que él creía que era lo correcto.

—Sí, en el libro yo hago una distinción, que he tardado muchos años en entender, y que los fanáticos no entienden. Yo escribo contra los fanáticos básicamente, por eso escribo novelas, que es el mejor instrumento contra el fanatismo, es decir, contra la estupidez. Es una distinción entre razón política y razón moral, que está en el corazón del libro, y que está en otros libros míos, pero que nunca había sabido formular como en esta novela. Yo no tengo ninguna duda de que Manuel Mena se equivocó de bando y que la República estaba del lado correcto: en España había una República, democrática, precaria, con muchos problemas, pero lo que hubo en España fue un golpe de Estado contra esa República, de parte de los militares, con el apoyo de la Iglesia y gran parte de la población. No hay duda de que la razón política la tenían los republicanos y no los franquistas. Ahora bien, eso no significa que todos fueran buenas personas, porque quienes mataron a siete mil curas y monjas a sangre fría tenían la razón política pero no la razón moral. Yo les llamo los canallas de las buenas causas, y todas las buenas causas tienen sus canallas. Y a la inversa ocurrió lo mismo, hubo gente, como mi familia, que estaba del lado equivocado, pero actuaron de buena fe, no digo todos, pero mi abuelo y este chaval sin la menor duda, creyeron que aquella era la única solución posible para la encrucijada dificilísima en la que se encontraba el país. Me he pasado la vida investigando sobre Manuel Mena, y no puedo decir que este chaval fuera peor persona que yo, estaba en el lado equivocado sin lugar a dudas, pero entre otras cosas, como tú dices, el tipo se jugó la vida por las cosas en las que creía.

—Y se equivocó siendo un niño de 17 años.

—Y además se equivocó siendo un niño, un niño de un pueblito perdido en el medio de Extremadura. Es que esto es algo terrible, cuando se dice “el infierno está empedrado de buenas intenciones” se quiere decir eso, que con las mejores virtudes, con la mejor voluntad se construyen infiernos. ¿Tú crees que los miles y miles de comunistas llenos de idealismo y generosidad que trajeron el infierno del estalinismo son los responsables de los millones y millones de muertos y del infierno que crearon? No. Esa gente se equivocó, pero yo no puedo decir que fueran responsables de esas atrocidades, esto lo vuelve todo mucho más complicado.

—Me parece que también podemos pensar El monarca de las sombras como una novela sobre tu relación con tu madre y el relato que te contaba. Con esa casa que es como la herencia explícita, una casa que está cerrada y que literalmente abrís para recuperar la memoria familiar. ¿Cómo ves la cuestión de la autobiografía o la autoficción?

—Eso me parece exactísimo. Primero, todas las novelas son autobiográficas, y todas las ficciones, autoficciones, en un sentido muy preciso: son autobiográficas en la medida que tú trabajas con tu propia biografía, con lo personal, con lo que te ha ocurrido, no porque cuentes tu vida. Hay una frase de Nietzsche que me gusta mucho citar, que dice “hablar mucho de uno mismo es la mejor forma de ocultarse”. Y ese material se disfraza, se reelabora, se transmuta en otras cosas. No todos mis libros los asociaría a la autoficción, pero Soldados de Salamina sí, y ahí llegué de una forma muy natural y espontánea porque el libro me lo pedía, yo ni sabía que existía, no estaba de moda en aquel momento desde luego. Es algo que viene de muy atrás, El libro del buen amor es quizás el libro más revolucionario y vanguardista de la literatura española, ¿y cómo se llama el protagonista? Se llama Juan Ruiz, que es como se llama el autor del libro, ahí ya tienes la autoficción. Hay toda una tradición que inconscientemente había ido explorando y construyendo, pero que no tiene que ver con esto que ahora le llaman autoficción, yo llegué ahí por mis propios medios. El Javier Cercas que aparece en los libros siempre es distinto, unos están más cercanos a mi vida y otros más alejados, son una serie de recursos que he ido desplegando, pero para el que no había un modelo contemporáneo en el que yo me basaba, sino una tradición que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo, ya que creo que un escritor es el que se construye una tradición propia.

—¿Cuál sería tu tradición?

—Son muchos. Te he mencionado al Arcipreste de Hita.

—Cervantes.

—Desde luego Cervantes, de ahí viene todo. Te mencionaría el escritor sobre el que escribí mi tesis doctoral, que para mí es el primer escritor posmoderno español, Gonzalo Suárez. Yo fui construyendo una tradición, la construí también con Borges, con los escritores del posmodernismo norteamericano que fueron vitales para mí, con Calvino, con los escritores latinoamericanos, con Kafka, con ingredientes de todas partes. No es un escritor ni dos y están presentes en los libros.

—Reivindicás tu relación con la literatura latinoamericana, lo que no es muy común en los escritores españoles.

—Qué error, ese es un error inmenso. Es que tened en cuenta que soy un escritor excéntrico en el sentido literal, en el sentido de que era un tipo que vivía en Gerona, que hasta los 40 años nadie me conocía, que no conocía personalmente a escritores españoles, por lo que mi visión siempre ha sido periférica. Yo he sido lector desde pequeño, desde siempre, y cuando iba a las librerías, lo que leía y encontraba eran los escritores latinoamericanos, Borges, Bioy, García Márquez, Onetti, eran los escritores que estaban ahí, con los que yo me alimenté desde muy joven. Yo no leía escritores españoles contemporáneos, los he leído más tarde. Y estos escritores escribían en castellano, a mí me daba igual si eran argentinos o paraguayos, porque escribían en mi lengua cosas extrañísimas, prodigiosas. Es que tú tienes dos tradiciones, la universal y la de tu propia lengua, y esa era mi tradición de manera natural, como lo era también el Siglo de Oro. Yo siempre digo que no soy un escritor español, sino un escritor en español, y no lo digo retóricamente, lo digo porque es exactamente así. En España a veces hay mucho provincialismo, a mí me da vergüenza que el premio Cervantes, que se supone es el más importante de la lengua, se conceda un año a un español y un año a un latinoamericano. Me da vergüenza, estamos hablando de un continente frente a un país que representa al diez por ciento de los hablantes. Que nuestra literatura se ha enriquecido, especialmente en la narrativa, gracias a la literatura latinoamericana es una puñetera obviedad. Desde Cervantes nunca ha habido un escritor español tan influyente como Borges. El problema es que vivimos una literatura muy atomizada, pero no sólo entre Latinoamérica y España, sino dentro de Latinoamérica. Trabajamos con una literatura mutilada, y cuanto más rica es tu tradición, mejor escritor puedes llegar a ser, eso es evidente.

—Te distinguís como un escritor posmoderno previamente a Soldados de Salamina, ¿qué queda de ese escritor posmoderno hoy en día?

—¡Mucho! La literatura como juego. Me parece que la literatura es ante todo un juego, pero un juego en el que te juegas todo. Yo no he dejado de ser posmoderno, aquí alguien se enfadó y me dijo “no, tú no eres posmoderno” (risas). Ahora digo que soy posposmoderno, pero el posmodernismo a mí no me ha abandonado, depende de lo que se entienda por posmodernismo. Si posmodernismo es aquello que tiene su origen inmediato en Borges, y su origen remoto en la segunda parte del Quijote, yo sigo siendo posmoderno. Y que tiene entre sus referentes a Calvino o Perec, porque para mí el Oulipo es muy importante. Yo sigo siendo eso, pero le he añadido algunas cosas que son muy visibles a partir de Soldados…: el pasado como dimensión del presente, lo colectivo como dimensión de lo individual, la dimensión moral, que en realidad nunca la abandoné, pero antes era otra cosa, era un poquito más un escritor sólo del presente. Yo sigo siendo un escritor metaliterario, por ejemplo, pero la metaliteratura no se queda sola en sí misma. Me aburre y me parece inane la literatura que sólo juega a hacer literatura para literatos. Sí, juguemos con la literatura, mostremos los mecanismos, pero para decir algo. Eso otro me parece literatura para señoritos, literatura autista. No veo grandes escritores de ese tipo, no me digan que Borges o Kafka lo son porque es mentira, esa es una lectura necia. Sigo siendo un escritor posmoderno, pero ahora soy otras cosas también, y sin esos primeros libros nunca hubiese llegado a los últimos. Además, no creo que sean necesariamente peores, hay quien cree que son mejores.

—Hace poco, en un artículo que publicaste en El País de Madrid, dijiste que “el referéndum ilegal convocado a la brava por la Generalitat para el 1 de octubre próximo no pretende decidir el futuro de Cataluña –cosa que por fortuna llevamos haciendo los catalanes desde el inicio de la democracia, en elecciones municipales, autonómicas, estatales y europeas–, sino el futuro de España entera, cosa que obviamente deberíamos decidir todos los españoles, y no sólo los catalanes”, e incluso acusás a Puigdemont de “matonismo”. Dado todo lo que ha sucedido en estas semanas, ¿cómo creés que va a seguir esta situación?

—Matonismo es decir “vamos a dar mucho miedo”. Es decir “o referéndum o referéndum”. ¿Cómo la he visto avanzar? Muy mal, para peor, nunca pensé que llegaríamos aquí. Cataluña esta partida por la mitad. Una de las toneladas de mentiras que se han dicho en este tiempo, con las que el independentismo ha construido este delirio en el que estamos sumidos, es que esto era Cataluña contra España; es mentira. Es catalanes contra catalanes. Nunca han tenido más de la mitad de los votos, jamás. Esto no sólo es un problema catalán, es un problema de España, pero también es un problema europeo. Esto es una manifestación de los populismos, el Brexit fue otra, que han surgido con la crisis económica, y hay que verlo en esos términos. Y por lo demás lo que ha ocurrido en los últimos días es muy evidente, aunque no haya salido de aquí, y el gobierno español haya sido enormemente torpe a la hora de explicar qué es lo que ocurría. Hubo el 6 y el 7 de setiembre una sesión en el parlamento catalán en la que se derogó de facto el estatuto catalán sin tener mayoría para hacerlo, con la ausencia de más de la mitad de la cámara, saltándose todas las reglas y violando la Constitución: esto no lo digo yo, lo dijeron los propios juristas del parlamento catalán. Y los que lo hicieron sabían lo que estaban haciendo. El 1 de octubre lo que se intentó es dar un golpe de Estado. Claro, la expresión “golpe de Estado”, me decía una periodista muy amable, suena muy fuerte, claro, porque la gente cree con gran ingenuidad que los golpes de Estado son violentos, y no es así.

—En este caso la ilegalidad estaba de un lado y la violencia del otro.

—Claro, pero el golpe de Estado ideal será sin violencia, porque no parece un golpe de Estado. Y así hay muchísimos golpes de Estado, basta leer a Curzio Malaparte o a Tácito para verlo. Pero, además, es que el día 1 hubo un intento torpísimo, estúpido, necio, de impedir que se consumase ese golpe de Estado que se va a intentar consumar mañana [N de R: la entrevista se realizó el día anterior a la sesión del Parlament del 10 de octubre en la que supuestamente se declararía la independencia de Cataluña]. El Estado de derecho tiene la obligación de impedir un golpe de Estado. Entonces, sí, con violencia, ¿pero sabes cuántos hospitalizados hubo? Dos, uno de ellos con un ataque al corazón. Se han difundido una cantidad de mentiras, como en Le Monde, y cito a Le Monde porque no es sospechoso de ser partidario de nada. Y por desgracia los periodistas se han dedicado a difundir la propaganda de los independentistas sin someterla a ningún juicio, y por eso creo que los periodistas buenos sois más necesarios que nunca, y el primer deber de un periodista es desenmascarar las mentiras, verificar que algo es cierto. Por desgracia esto no ha sido así, entre otras razones por la increíble torpeza del gobierno español, que ha permitido que los verdugos se conviertan en víctimas, y que los que están intentando acabar con la democracia se conviertan en los grandes demócratas. El Estado de derecho tiene la obligación de impedir un golpe de Estado, no hay otra opción. Y entonces volverán a presentarse como los oprimidos catalanes frente al opresor español, y no es verdad, es una mentira monstruosa.

A mí me asombra que se juzgue con esa ignorancia y frivolidad. De cualquier manera, esto no es una cuestión de derechas o de izquierdas, es una cuestión de democracia contra unos tipos que se intentan cargar a la democracia en nombre de la democracia. Y añadiré la rebelión de los ricos, porque desde que el mundo es mundo son los ricos los que se quieren separar de los pobres. Si Extremadura y Andalucía fueran más ricas que Cataluña, no habría tantos catalanes independentistas, seguro. Son los italianos del norte los que se quieren separar de los del sur, son los europeos del norte los que se quieren separar del sur, porque somos pobres. ¿La rebelión de los ricos es de izquierdas ahora? Hay dos cuestiones: una es un intento de ocultar sus propias responsabilidades ante la crisis, es decir que hicieron lo que han hecho los malos gobernantes desde que el mundo es mundo, es decir, echarle la culpa a los demás. Y otro, un intento de ocultar una corrupción oceánica, en treinta años de gobierno autonómico Cataluña se convirtió en una cleptocracia, con toda la familia real, la de Jordi Pujol, todos encausados por la justicia, con el partido gobernante encausado por la justicia, un latrocinio inmenso. ¿Se habla de eso aquí? No, se habla de la independencia. Otra vez Tácito.

—Y al final los que terminan pagando son los Manuel Mena.

—Así es. Desde que el mundo es mundo los que lo pagan son los Manuel Mena, que son intoxicados por ideologías que prometen el paraíso, como el fascismo o el nacionalismo, y son enviados al matadero, como fue enviada esta gente contra el Estado democrático, diciéndoles que estaban defendiendo a la democracia. A esta gente les han envenenado, les han dicho “Europa nos va a acoger con los brazos abiertos”, y ahora resulta que es evidente que es mentira, porque Europa sabe lo que pasa y saben que no se construye Europa separando partes de los países. Y les han dicho “seremos multimillonarios”, porque, claro, como España nos “roba” tendremos todo lo que tendríamos, y ahora resulta que los bancos y las grandes empresas ya están fuera, antes de que pase nada. Pero los Manueles Mena se van a quedar atrapados, ¿y quiénes los habrán mandado al matadero? Estos irresponsables, por usar una palabra distinguida.

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