El gigante revelado

Premio Nobel a Kazuo Ishiguro. Salió en Brecha el 6 de octubre de 2017.


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Lo que nadie esperaba luego de que Bob Dylan ganara el año pasado era la victoria de otro trovador: Kazuo Ishiguro. Pero en lugar de uno de los cantautores más importantes de la historia, en este caso se trata de uno frustrado, que cambió la guitarra –al menos en público– por la literatura. De esta manera el comité sueco parece comentar la controvertida decisión que tomó el año pasado. Lo que en principio parecía una opción arriesgada, y que algunos aplaudieron como una ampliación positiva de lo que la literatura es o puede abarcar, pronto sólo le trajo problemas: Dylan no apareció por meses a recoger el premio, y cuando fue a dar el obligatorio discurso del ganador parece que, para colmo, lo copió parcialmente de una página de resúmenes para estudiantes llamada SparkNotes.

Ahora Ishiguro viene a completar una trilogía de decisiones inesperadas en los últimos tres años: primero la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, luego Dylan, y ahora el más inesperado de los inesperados, un escritor que es famoso y críticamente reconocido pero que no entraba en ninguna de las especulaciones previas.

Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki (Japón) en 1954. A los 5 años se trasladó con su familia a la pequeña ciudad de Guildford, en el sur de Inglaterra, cuando a su padre le ofrecieron un trabajo como oceanógrafo. A pesar de que muchos destacan su lugar de nacimiento, no hay dudas de que Ishiguro es un escritor británico, y la realidad es que no regresó a su país de nacimiento por 29 años (y que él mismo afirma hablar un japonés muy malo). Sin embargo, sus padres encontraban la cultura inglesa desconcertante, por lo que el niño, que se adaptó velozmente, se transformó en un intermediario cultural, lo que le provocó una fascinación por los detalles de las relaciones de clase más que una sensación de dislocación cultural. En su juventud soñó con ser cantautor, tocó en el metro parisino y recorrió a lo Kerouac la costa oeste de Estados Unidos, pero luego de múltiples demos rechazados aceptó los límites de lo que podía lograr como músico y se decantó por la escritura al darse cuenta de que lo que le interesaba era “crear ciertas atmósferas e historias”. Estudió literatura inglesa y filosofía en la Universidad de Kent y luego cursó un posgrado de escritura creativa en la Universidad de East Anglia, donde tuvo como profesores a Malcolm Bradbury y Angela Carter. A los 27 –y durante el año de posgrado– publicó su primera novela, Pálida luz en las colinas (1982), con un éxito casi unánime de crítica. Su potencial fue identificado precozmente, ya que al año siguiente fue incluido en la famosa lista de los mejores escritores británicos de la revista Granta, junto a Martin Amis, Salman Rushdie e Ian McEwan, entre otros. Su tercera novela, Los restos del día (1989), coronó su éxito al recibir el premio Booker, vender más de un millón de copias y ser adaptada al cine por James Ivory con Anthony Hopkins en el papel principal (y un guión originalmente escrito por otro Nobel británico, Harold Pinter).

Hay algo eminentemente británico en la narrativa de Ishiguro. De cierta manera, siempre fue un escritor clásico, y sus referencias literarias suelen ser escritores realistas del siglo XIX y comienzos del XX. Sin embargo, lo que hace fascinante a su escritura no es solamente la continuación de esa tradición, que realiza con una habilidad exquisita, sino las sutiles formas en las que rompe con ella, principalmente a través de la opacidad, los cruces formales y los narradores poco confiables (ahí están los clásicos modernistas de comienzos del siglo XX). Nunca más claro que con su cuarta novela, Los inconsolables (1995), en la que programáticamente se propuso cortar con lo que sentía era una serie de relatos que sólo refinaban los mismos mecanismos, para meterse de lleno en una historia desbordante y con ribetes oníricos que se alejaba vertiginosamente de sus exitosos trabajos anteriores. Los inconsolables es una novela extraña y difícil, que fue ferozmente rechazada por la crítica de su momento –uno llegó a recomendarle que cometiera harakiri– y que nos introduce en una lógica irreal y opaca de la que resulta difícil salir una vez que el lector se sumerge en ella. Ishiguro ha señalado que esa novela, revalorada en la actualidad, fue fundamental a la hora de abrir su literatura a nuevas posibilidades. A lo largo de los años ha publicado siete novelas y un libro de cuentos (uno cada cinco años, aproximadamente), en los que, desde una estructura siempre rigurosa y un estilo claro y elegante, se ha acercado a distintos géneros: el policial (Cuando fuimos huérfanos), la ciencia ficción (Nunca me abandones) y, en su última novela, la fantasía (El gigante enterrado). Estas novelas se relacionan de maneras generalmente oblicuas con los géneros, sin terminar de pertenecer a ellos; se trata de relatos “con” más que “de”, como plantea Rodrigo Fresán, porque lo hacen principalmente para explorar otras cuestiones. Ishiguro desde un comienzo disloca en múltiples sentidos sus narraciones –sus dos primeros libros transcurren en un Japón que apenas conocía– para indagar en lo que desea más libremente, alejando la realidad social y sus referencias concretas para hablar con autonomía de ella, como ha llegado a señalar explícitamente. Porque lo central en la narrativa de Ishiguro son esas relaciones sociales que le fascinaron desde su infancia, las diversas formas en que la ideología permea sutilmente las vidas de los individuos, particularmente en la sociedad inglesa con sus estratos claramente demarcados, y representada en su novela más famosa por el mayordomo inglés, el símbolo del deber y la represión por excelencia.

El comité sueco decidió premiarlo porque en sus “novelas de gran fuerza emocional ha descubierto el abismo bajo nuestra sensación ilusoria de conexión con el mundo”. Parece un juicio bastante justo. Sus personajes, pensemos en los jóvenes de Nunca me abandones o en los músicos frustrados de los bellísimos cuentos de Nocturnos, se mueven entre los sueños y las posibilidades no realizadas, lamentando el paso del tiempo y que las cosas no salieron como se suponía que debían. Su pérdida, pero también sus pequeños reencuentros y alegrías, construidos a partir de una escritura elegante y del silencio de lo no dicho, son una muestra del poderío de un escritor inigualable que ha construido un universo íntimo que este premio sirve como excusa para volver a descubrir.

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