El arte del encordamiento

Reseña de Hotel Iris de Yoko Ogawa (Madrid: Funambulista, 2017). Salió en Brecha el 29 de septiembre de 2017.


9788494616457Jamás había escuchado yo una orden rodeada por un eco de semejante hermosura, dicha con tal serenidad, dignidad y firmeza. Incluso la palabra ‘puta’ me había sonado bella. Probé repetirme a mí misma aquellas palabras: ‘Cállate, puta’. El hombre, sin embargo, ya no volvió a abrir la boca.” Esa orden –dada a una prostituta en los pasillos del hotel– trastocará la existencia de Mari, una joven de 17 años que vive y trabaja en el establecimiento. El hotel Iris, el negocio familiar regenteado por una madre déspota que se ubica en el centro de la novela de Yoko Ogawa (1962), se verá permeado por los acontecimientos de esa noche, y cuando Mari vea de casualidad al misterioso hombre en el pequeño balneario japonés no podrá evitar seguirlo hasta las últimas consecuencias.

Originalmente publicada en 1997, Hotel Iris se adentra en terrenos más oscuros que los usualmente recorridos por la premiada autora de La fórmula preferida del profesor. Sin embargo, no es este un alejamiento radical, ya que los rasgos generales de su estilo se mantienen intactos, como puede verse a lo largo de los más de diez libros disponibles en español gracias al extenso trabajo de traducción que ha llevado a cabo la editorial Funambulista. Aunque Yoko Ogawa ha explorado temas de lo más variados, hay patrones y modos que se repiten en su escritura. Prefiere narradoras mujeres en primera persona, generalmente inocentes en cuanto a sus motivaciones y deseos, que llevan vidas emocionales inciertas, y que balancean la intimidad con una paradójica reserva emocional. La ayuda o el evento que rompe esa leve capa de soledad que las envuelve suele llegar de lugares inesperados, muchas veces a través de hombres misteriosos o heridos que cambian sus vidas para luego desaparecer, en una pérdida agridulce que abre nuevas posibilidades de autoconocimiento como notas irresueltas en el aire. Su escritura suele ser leve, sutil, evitando las afirmaciones directas o las resoluciones claras. Muchas veces las historias no parecen terminar sino disolverse en las manos del lector. Lo que en otro autor podría ser una repetición peligrosa de motivos y procedimientos, Ogawa suele hacerlo funcionar a la perfección a través de leves variaciones.

Hotel Iris narra la relación entre Mari y ese hombre misterioso, el traductor, un individuo sin nombre y 50 años mayor que ella que trabaja como traductor del ruso en una isla cercana al balneario en que se encuentra el hotel. Pronto, ese hombre, tímido y reservado en la vida diaria, se transformará en la privacidad de su apartada casa y la dominará, sometiéndola a todo tipo de vejaciones en las que Mari podrá al fin encontrarse a sí misma y al placer. Un papel destacado en sus actividades lo tiene el kinbaku o shibari, un estilo japonés de bondage que tiene sus orígenes como técnica de apresamiento con ataduras utilizada por los samuráis, y cuyo uso con fines eróticos se remonta a finales del período Edo (1603-1868).

Podemos relacionar esta novela con una amplia tradición japonesa de exploración de las relaciones en el borde de las normas de la sociedad, y particularmente con el cine de la nuberubagu (corriente japonesa inspirada en la nouvelle vague francesa, y un movimiento por momentos mucho más extremo en cuanto a sus propuestas que sus inspiradores), en especial con el trabajo de directores como Koji Wakamatsu o Nagisa Oshima. Al igual que ellos, Ogawa retrata sin tapujos ni prejuicios relaciones que se alejan de lo común, para revelar deseos ocultos y otras formas de vincularse, sin juzgar a sus protagonistas, pero sin dejar de señalar las diversas dinámicas de poder, sociales, de género o personales. La diferencia fundamental con el cine de esos maestros se da en el tono y la forma de narrar, ya que Ogawa se aleja de la estridencia de la nuberubagu para acercarse a formas más contemplativas y distanciadas, como las de su contemporáneo Haruki Murakami. Con él comparte otros rasgos de estilo, como una escritura despojada, alejada de referencias al mundo clásico japonés y más cercana a la experiencia actual de un Japón entre la tradición y Occidente. Como sucede con Murakami –a pesar de lo que digan sus detractores–, el alejamiento de ciertos clichés nacionales del pasado revela más sobre el presente de la cultura japonesa que cualquier otra cosa.

La falta de referencias concretas y el estilo sencillo le permiten a Ogawa crear una atmósfera de suspensión en el tiempo muy particular, que le otorgan a la novela por momentos un aire onírico que lleva la historia por caminos inesperados pero que siempre se sienten orgánicos, incluso en los momentos en que nos cuestionamos lo que leemos. Con habilidad y un pulso envidiable, Ogawa nos trae una sugestiva novela sobre dos individuos perdidos que anhelan ser perdonados, y que inmersos en el deseo carnal, vuelven a tener la certeza de formar parte de este mundo.

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