Los bastardos

Reseña de Son cosas que pasan de Pauline Dreyfus (Barcelona: Anagrama, 2017). Salió en Brecha el 15 de septiembre de 2017.


unnamedLa nueva novela de Pauline Dreyfus (1969), seleccionada para el premio Goncourt, comienza por el final: el entierro de su protagonista, la princesa Natalie de Lusignan, duquesa de Sorrente. Nos encontramos en 1945, en una París recién liberada y en la que la aristocracia ya no puede mantener las apariencias de una clase social que, aunque lo intentó, no logró salir indemne del conflicto. Pronto regresamos a Cannes, cinco años antes, donde “en la zona no ocupada, nada más firmarse el armisticio de junio de 1940, todas las mujeres estaban disponibles. (…) Durante unas semanas, entre Niza y Marsella, entre Menton y Montecarlo, reinó en el aire una urgencia que movía a la gente a pasárselo bien a toda costa antes de la postrera catástrofe: la llegada de los bárbaros”. Natalie, una joven rica y divertida, que financió el trabajo de artistas como Buñuel y Cocteau, e incluso llegó a participar en el rodaje de La sangre de un poeta, se dedica de lleno a intentar pasarla bien a pesar de estar lejos de la capital francesa y sus brillos. Pronto queda claro que el arte es un mero decorado para las fiestas y el libertinaje, un fondo elegante que al ritmo de la música de Francis Poulenc sólo está ahí para propiciar aventuras que alejen el tedio de la riqueza y el tiempo libre.

Una aventura extramatrimonial la dejará embarazada, hecho que su esposo toma con naturalidad –“son cosas que pasan”–, siempre y cuando su origen sea escondido. Porque lo que importa en esta esfera social no son los vínculos sanguíneos reales sino “aparecer en el árbol genealógico de los Bonaparte”, ya que es “una sociedad que otorga más valor al nacimiento, aunque sea ilegítimo, que al carácter y el talento”. El título del libro funciona como un leitmotiv y reaparece en la boca de diversos personajes como símbolo de la indiferencia o el conformismo. “Son cosas que pasan”, repiten los personajes de esta novela para escapar de las consecuencias de sus actos, para seguir con sus vidas tranquilas, para no tener que enfrentar la realidad de la guerra y el colaboracionismo. Pero Natalie no podrá seguir con este modo de vida luego de que el doloroso proceso de posparto de su hijo Joachim la lleve a una adicción a la morfina que pronto utilizará para ocultar sentimientos y dolores de otra índole.

El dolor, como señala el epígrafe de Léon Bloy (“El hombre tiene lugares en su pobre corazón que todavía no existen y donde el dolor penetra para que lo hagan”), será el punto de quiebre de la novela. Pero el verdadero dolor llegará, tras la muerte de su madre, con el descubrimiento de un secreto familiar que cambiará todo lo que creía saber. Natalie, antes tan indiferente a las cuestiones sociales, comenzará a ver la realidad de la guerra y la gente que la rodea. Cambiará la despreocupación por el cuestionamiento al papel que juega su clase social –comenzando por ella misma– en la guerra y especialmente en relación con la cuestión judía. Esto se exacerbará con un obligado retorno a París en 1943 que pondrá a la familia cara a cara con la realidad de la ocupación. Junto con la cuestión de la identidad, otra gran pregunta atraviesa esta novela, planteada directamente en relación con la vida de Elizabeth, madre de Natalie: “¿Se le puede guardar rencor a quien ama la vida, a quien ha rendido fidelidad al deseo, a quien renuncia a las conveniencias sociales unos instantes para recibir con los brazos abiertos los agasajos de la existencia?”. Es la dinámica entre el disfrute y la libertad de la preguerra, y la posibilidad de ignorar –cerrando los ojos– el presente, lo que eventualmente lleva a Natalie a un callejón sin salida de autodestrucción.

El problema de la novela es que a pesar de que Dreyfus retrata con habilidad y vivacidad la vida de la aristocracia parisina, sus rituales y costumbres, no logra dar el salto a los grandes temas que intenta abordar a medida que la trama avanza. Las referencias artísticas no van más allá de un muestreo de nombres que poco aportan a la historia, como si la autora replicara el uso de artistas como decorado glamoroso que hacen los personajes. Las preguntas que surgen del papel que jugaron los franceses durante la ocupación y su participación en el Holocausto no quedan más que en esbozos o generalidades que no aportan nada nuevo a la cuestión. Que la novela haya sido comparada favorablemente en medios españoles con Proust –como si el simple hecho de nombrar a un autor transfigurara la escritura en la de éste– y repetidamente con Modiano –“un estilo más poderoso que el de Modiano”, se ha escrito– es incomprensible. Son cosas que pasan es una novela dinámica, correcta, pero que se queda corta en comparación con la literatura del reciente premio Nobel, tanto en su escritura, por momentos irregular, como en su exploración de la identidad, los traumas y las formas de procesar el pasado reciente de la sociedad francesa.

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