El axioma de la igualdad

Reseña de Tan poca vida de Hanya Yanagihara (Barcelona: Lumen, 2016). Salió en Brecha el 9 de junio de 2017.


26-27-tan-poca-vida-hanya-yanagihara-randomAl comienzo de la segunda novela de Hanya Yanagihara, Tan poca vida (una traducción reveladora, menos sutil que el original A Little Life o “un poco de vida”, pero también “una vida pequeña”), cuatro hombres jóvenes y brillantes, estudiantes de una prestigiosa universidad de la costa este de los Estados Unidos, se mudan a Nueva York para comenzar sus carreras. Son un grupo diverso y extremadamente cercano: Malcolm Irvine, el hijo birracial de una rica familia de Manhattan que trabaja en el estudio de un famoso arquitecto; JB (Jean-Baptiste) Marion, hijo de inmigrantes haitianos y aspirante a artista visual; Willem Ragnarsson, el hermoso hijo de unos peones de Wyoming, que trabaja como mozo mientras intenta abrirse camino como actor; y Jude St Francis, un abogado y matemático, cuyos orígenes son desconocidos incluso para sus amigos.

Durante las primeras páginas, los personajes viven la vida de la gran ciudad: van a fiestas, alquilan apartamentos feos y caros, salen con hombres y mujeres, se pelean, y buscan el éxito sin descanso, en “tiempos de realización personal en los que el mero hecho de conformarse con una segunda opción parecía innoble y propia de quien carecía de fuerza de voluntad. (…) Había ocasiones en que la presión por conquistar la felicidad resultaba casi opresiva, como si eso estuviera al alcance de todos y cualquier situación intermedia fuera culpa de uno”. Pero pronto el lector se da cuenta de que esto no será un bildungsroman de veinteañeros universitarios adaptándose a la vida real. Yanagihara ubica el relato en un presente sin referencias históricas o culturales claras, en el que las emociones y acontecimientos de este grupo de amigos son puestos en primer plano, con Manhattan como decorado de un eterno cuento de hadas, y en el que la única historia que importa es la historia personal. En mil páginas y tres décadas de vida compartida hay tiempo para casi todo, pero a medida que la narración avanza la autora subvierte las expectativas y ubica a Jude en el centro, relegando a los demás personajes a orbitar alrededor de él. Una decisión que abre la novela a nuevas posibilidades, transformándola en una meditación sobre el abuso sexual, el sufrimiento y la dificultad de las víctimas para rehacer sus vidas, pero que por momentos la lleva a alejarse demasiado del relato coral de una amistad y de unos personajes que tienen más para ofrecer.

A lo largo de cientos de páginas, Yanagihara relata los abusos sufridos por Jude, evitando la gratuidad o el sensacionalismo, pero sin mirar para otro lado, ya que el dolor de Jude es lo que lo constituye como persona. Las escenas de automutilación son extremadamente gráficas, cosa poco usual en esta clase de novelas, que suelen fundir a negro en estos momentos. Sin embargo, el cortarse es un aspecto fundamental de esta historia, dado que es a la vez un síntoma y un mecanismo de defensa del terrible abuso que vivió como menor; una técnica para lidiar con los problemas que le enseñó el hermano Luke, el monje que lo raptó del monasterio donde se crió con promesas de un futuro brillante sólo para encontrarse con la dura realidad del abuso y la prostitución. Aunque eventualmente es liberado de Luke, Jude nunca podrá escapar de la creencia que el hermano le inculcó: que él no es más que eso, un ser repulsivo que se merece lo que le sucede. Jude se debatirá a lo largo de su vida entre la superación y la resignación, entre el placer y el dolor que tan bien ilustra la fotografía de Peter Hujar seleccionada por la autora para la tapa del libro. Pero no hay redención para él, no puede escapar a la certeza que se expresa a través del axioma de la igualdad, ya que como dirá: “sabe hasta qué punto es cierto el axioma, porque él ha experimentado la demostración consigo mismo, con  su propia vida. Ahora comprende que la persona que fue siempre será la persona que es”. De esa manera Yanagihara subvierte otra vez nuestras expectativas, negándole a Jude el consuelo total que nos han enseñado a esperar de estas historias, una decisión que podemos pensar como contraria al ethos estadounidense –tan presente en estas páginas– de la perpetua superación personal. No obstante, esta novela es en igual medida una historia de amistad, de ese pequeño milagro que es encontrar a alguien que nos haga menos solitario el mundo, de esos momentos de luz y alegría –un poco de vida– que hacen que todo lo demás valga la pena.

Tan poca vida es una obra torrencial y ambiciosa, despareja y emocionante. Al igual que su protagonista, está atravesada por las preguntas que la atormentan. Una y otra vez, a pesar de sus tropiezos, Yanagihara logra darle vida a una novela que contra todos los pronósticos nunca deja de emocionar. Como Jude, quizás lo suyo no sea un triunfo apabullante, pero el recorrido y la lucha son conmovedores.

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