Días de luz

Del 6 al 15 de abril de 2017 se llevará a cabo el 35º Festival Cinematográfico del Uruguay organizado por la Cinemateca Uruguaya.  Como fiel cinéfilo, ya tengo el cronograma pronto para asistir a la mayor cantidad de películas posibles. Este año decidí escribir para el blog micro reseñas de las películas que voy viendo. La programación del Festival se puede consultar en cinemateca.org.uy.


La region salvaje de Amat Escalantela_region_salvaje-604609826-large

Amat Escalante vuelve al festival, luego de la exhibición en 2014 de Heli -premio al Mejor Director en el Festival de Cannes-, con su nuevo film, La región Salvaje. Premiada en Venecia -otra vez Mejor Director-, La región salvaje continúa las búsquedas iniciadas en Heli, a través de un retrato de la realidad mexicana duro y sin ocultamientos cercano al cine de Carlos Reygadas. El film sigue a un grupo de personajes signados por el machismo, la homofobia y la represión de los impulsos corporales propios y ajenos, cuyas vidas se verán alteradas irremediablemente por la aparición de un ser que viene del espacio (una mezcla de monstruo lovecraftiano y de personaje de shokushu goukan, un subgénero de la erótica japonesa que incluye pulpos y se remite al menos hasta Hokusai) que utiliza sus tentáculos para otorgar un placer fuera de este mundo. Si bien el aspecto de ciencia ficción no es muy logrado, la mezcla de horror sobrenatural e hiperrealismo funciona a la perfección, en función de un claro mensaje sobre la realidad mexicana. Un potente drama cercano al horror, que no dejará a nadie indiferente.

El porvenir de Mia Hansen-Løve

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Seleccionada para la apertura del festival de este año, El porvenir, significó la consagración de su directora (Oso de Plata en la Berlinale incluido). En su nuevo film, Hansen-Løve narra la historia de una profesora de filosofía de mediana edad llamada Nathalie (una brillante Isabelle Huppert), que debe enfrentarse a la libertad total por primera vez en su vida. Hay algo de su anterior film, Eden (2014), en la suave melancolía que ilumina la narración, en la búsqueda de un lugar propio que se sienta adecuado. Si en Eden el sueño de la música debe desmoronarse para inaugurar nuevas posibilidades, El porvenir replica la estructura de la caída para la creación de una nueva identidad. Nathalie deberá reformular su vida, entre los libros de filosofía y los hijos, entre los sentimientos y la satisfacción intelectual, y en las discusiones con su discípulo favorito, Fabien. Con una adecuada dosis de intertextos filosóficos que nunca se sienten como decorado, y un pulso narrativo delicado, cercano al Assayas de L’Heure d’été (2008), Mia Hansen-Løve logra un drama sutil y emocionante, de esos que, como señalaron unos amigos a la salida, crecen en el recuerdo durante días.

La reconquista de Jonás Truebacartel_dina4_sin_ica

El director de Los ilusos (2013) y Los exiliados románticos (2015), una lente conocida en el festival, regresa con La reconquista, una historia sobre el reencuentro y la persistencia. Manuela está en Madrid por las fiestas, de regreso de su Buenos Aires adoptivo. Olmo se acaba de mudar con su novia y se plantea la posibilidad de tener hijos. Luego de quince años, los ex novios de la adolescencia se reencuentran en una fría noche madrileña. Hablarán hasta que no queden palabras, de lo que fue y de lo que son, de lo que ha pasado y de lo que nunca cambiará. En tres movimientos, como capas de tiempo que se superponen, Trueba cuenta el reencuentro, el día después y el pasado de una relación inolvidable. A través de planos extensos explora las relaciones con ternura y con humor, lejos del sarcasmo y de los grandes acontecimientos, sin miedo a exponer los sentimientos, en el que quizás sea su film más rohmeriano. Largas escenas musicales (de Rafael Berrio) pueblan el largometraje, en lo que ya es un sello del autor. Lo que mejor logra Trueba es una intimidad inigualable, con las excelentes actuaciones de Franceso Carril (un habitué de su cine) y Itsaso Arana. Como señala el director, “más que sobre el amor, es una película sobre la fidelidad a nosotros mismos”.

La idea de un lago de Milagros Mumenthaler

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Cinco años de espera para que llegara La idea de un lago, el nuevo film de Milagros Mumenthaler. Su ópera prima, Abrir puertas y ventanas (2011), ganó cinco premios en el Festival de Locarno, entre los que se encuentran el de mejor actriz -María Canale- y el Leopardo de Oro. Una revelación cuando se estrenó en Cinemateca 18, con una frescura inaudita para registrar los espacios domésticos y la dinámica entre tres hermanas lidiando con la ausencia de su abuela. En su nueva obra, Mumenthaler trabaja otra vez con los que quedan, con las distintas maneras de reconstruir una vida luego de una desaparición. Inspirada libremente en el libro de fotografías y poemas de Guadalupe Gaona, Pozo de aire, el film sigue a Inés, una fotógrafa que se embarca en un proyecto artístico sobre la memoria y su historia familiar. Para ello regresa al lugar donde vacacionaba con su familia, un caserón a las orillas de un lago en la Patagonia, donde fue tomada la única foto que se conserva de ella junto a su padre, desaparecido por la dictadura militar argentina. Si bien no esquiva los temas duros, el film no es un drama realista sobre los desaparecidos, sino una exploración sobre la memoria y lo íntimo bastante lúdica, en la que acompañamos a Inés, de niña y de adulta (excelente el trabajo de las dos actrices), en el acto de recordar. Mumenthaler hilvana a la perfección los diversos tiempos y estilos, ambientes y emociones que atraviesa la historia. La directora dijo que “había algo del universo de las sensaciones, las emociones y los miedos que me interesaba. Los poemas de Gaona me disparaban un cierto imaginario que no tiene que ver con lo cotidiano realista, porque habla de eso desde un lugar más imaginario, vinculado a sus deseos y a su necesidad de reencontrarse con la presencia de su padre”.

El hijo perfecto de Sanna Lenkenmy-skinny-sister-jpg

El hijo perfecto, debut en el largometraje de Sanna Lenken, fue premiado en múltiples festivales, incluyendo la Berlinale 2016 en la que recibió el Oso de Cristal. La historia se centra en Stella, una adolescente gordita que vive bajo la sombra de su hermana mayor (la skinny sister del más adecuado título en inglés). Mientras que Katja es una joven hermosa y talentosa que destaca en el patinaje artístico, Stella no parece tener ninguna habilidad en especial, más allá de un interés en los insectos que abandona para seguir los pasos de su hermana como patinadora. Todo cambiará cuando Stella descubra que, bajo la presión de ser la mejor, su hermana ha desarrollado un grave desorden alimenticio. El hijo perfecto se mueve sutilmente entre el drama y la comedia, desarrollando las complejas relaciones entre hermanas con buen pulso, y con una espléndida actuación de las actrices principales, que exploran con soltura los diversos matices de sus roles. Sanna Lenken filma la culpa y la vergüenza que acompañan a los trastornos alimenticios, así como la torpeza de los padres a la hora de enfrentar los hechos, y los modos en que la presión de la mirada ajena afecta a las mujeres jóvenes. Sin embargo hay algo que falta, y una resolución un tanto torpe lleva a El hijo perfecto, un film muy correcto en su factura pero que no alcanza a cumplir con las premisas que plantea, a resultar un tanto evidente y poco inspirado.

Hermia & Helena de Matías Piñeiro

tdpfo68k4enxiwdx5gohvrkaj5lRadicado desde 2011 en los Estados Unidos, gracias a una beca Radcliffe de la Universidad de Harvard, Matías Piñeiro ha venido creando desde el norte una serie de películas que reinterpretan desde el sur las comedias de Shakespeare. Con una impronta lúdica, que intercala el teatro y el cine, la realidad y la ficción, el pasado y el presente, el director ha logrado crear en poco tiempo un estilo muy personal. Aunque forma parte de un conjunto, Hermia & Helena se distancia de sus antecesoras de diversas maneras, siendo la más inmediata el traslado de la acción de Buenos Aires a Nueva York. Camila, una joven directora de teatro porteña, gana una beca de un año para traducir Sueño de una noche de verano en la Gran Manzana. Sigue los pasos de Carmen, una amiga que acaba de terminar, bastante insatisfecha, la misma beca. Pero a diferencia de Carmen, Camila aprovechará la distancia para replantearse su vida, y contactar con un padre al que no conoce, en una escena de inédita emocionalidad en el cine de Piñeiro. A pesar de la usual impronta de variaciones sobre un mismo tema, del distanciamiento teatral, de los triángulos amorosos y saltos temporales, Nueva York parece haber insuflado nueva vida a su cine. Han cambiado algunas referencias, como la música jazzística que grita Woody Allen o la dedicatoria a Setsuko Hara, musa de Yasujiro Ozu, sin que esto signifique un alejamiento de su impronta rohmeriana e incluso, en el trabajo actoral, rivetteana. Esto se ve reflejado en una cámara más relajada e imaginativa que nunca, y un guión que se desarrolla con una soltura que parece más improvisada, lo que ha llevado a algunos a afirmar que es su film más accesible.

Dulzura americana de Andrea Arnoldmv5bzgq3yjzhyjytztm2ns00ndy4ltg2owytm2y1mtkzytgzzdrhxkeyxkfqcgdeqxvymjgynjk3mze-_v1_sy1000_cr007061000_al_

Con Dulzura americana, Andrea Arnold retorna al mundo de jóvenes de clase baja que ya había retratado en Fishtank (2009). Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 2016, ya es una de las favoritas de la Competencia de largometrajes internacionales de nuestro festival. El film, inspirado en un artículo que la directora leyó en The New York Times sobre pandillas de jóvenes vendedores de suscripciones de revistas en el sur estadounidense, adquiere una nueva resonancia con Trump como presidente y con el señalamiento de los blancos pobres como culpables. La mezcla de actores profesionales con no actores, que la directora encontró en las calles donde transcurre la película, funciona a la perfección, otorgando una dinámica y un realismo difícilmente alcanzable de otra manera. La obra es representativa de las obsesiones temáticas y formales de Arnold, como las relaciones entre las clases sociales y un estilo híper cercano, en el que la cámara intenta capturar la experiencia subjetiva así como las impresiones sensoriales. Lo que en principio podría ser una contradicción entre tema y forma es lo que le da la potencia a un film que no para en sus 162 minutos, y que termina de afirmar a Arnold como una de las directoras más interesantes de la actualidad. Un retrato brutal del desamparo y las esperanzas de un grupo de jóvenes perdidos en el interior del sueño americano.

Personal Shopper de Olivier Assayaspersonal_shopper_kristen_stewart_movie_poster_official-723x1072

Olivier Assayas repite con Kristen Stewart, esta vez como protagonista, luego de su muy alabada colaboración, Clouds of Sils Maria (2014). El director evitó el camino fácil y se despachó con un film radicalmente distinto, que continúa sus acercamientos al cine de género (quizás Demonlover (2002) es su pariente más cercano) y se aleja de las obras de corte realista que venía realizando en los últimos años. Maureen -deslumbrante Kristen Stewart- es una joven estadounidense que vive en París trabajando como personal shopper. Pero no está ahí por esa razón, sino que está esperando que su hermano gemelo, recientemente fallecido, cumpla con lo acordado, y contacte con ella desde el más allá. Pronto el diálogo con lo otro llegará, tanto de manera presencial como a través de su celular, en un espacio digital que se transforma en un espacio liminal. Pero ese diálogo no es el esperado y distorsionará la existencia en el aquí y el ahora, cuestionando las bases de su realidad y de su ser. Assayas aborda lo que sería una clásica historia de fantasmas de un modo inusual y sugerente. La cámara, que acecha al personaje como un espíritu más, parece ocultar -a través de unos precisos fundidos a negro- tanto, o más, de lo que muestra. El puntillismo con el que se retrata la ropa, y la forma en que los personajes la desean como medio de transformación, parece querer señalar algo más que la mera superficialidad de la fama y la riqueza, quizás incluso como señaló un amigo, una relación con el alma. Gracias a un devenir que nunca se presenta claro y a un trabajo sonoro impecable, la tensión es mantenida de forma magistral, en un film hitchcockiano que explora la contemporaneidad como pocos, y de una manera profundamente perturbadora.

Mister Universo de Tizza Covi & Rainer Frimmel r1fzz5mavhkkx4dtnkjcdotjegy

Los directores de la popularísima La pivellina (2009), regresan a los ambientes de su debut en el largometraje de ficción. Tairo Caroli, personaje secundario de aquel film y protagonista de este, se ha transformado en un joven domador de animales en un circo italiano. Atraviesa un mal momento: sus leones y tigres están viejos, han muerto o se rebelan a sus ordenes. Al menos tiene a Wendy, una joven contorsionista que se mantiene positiva en un negocio que aparenta estar muriendo. Pero para empeorar las cosas, el amuleto de la suerte de Tairo, una barra de hierro doblada por el increíble Arthur Robin, desaparece. La historia se transformará en una road movie en la que Tairo visitará circos y familiares (incluidos los personajes de La pivellina) en búsqueda de pistas sobre el paradero del  legendario Arthur Robin, el primer hombre negro en ser declarado Mister Universo. Desde lo formal, el film es un híbrido entre documental y ficción, en el que la pareja de directores optaron por utilizar otra vez no actores en sus ambientes cotidianos, lo que le brinda una autenticidad difícil de replicar en la ficción. Cabe destacar el rigor y la artesanía con la que filman Covi y Frimmel, quienes optaron por el fílmico e incluyeron una dedicatoria a “todos los que perdieron su trabajo por la digitalización del cine”, un guiño a otro arte que está en vías de extinción.  A pesar de que los lugares que visita Tairo no parecen estar atravesando su mejor momento, los directores nunca caen en el pintoresquismo o los golpes bajos, optando por aproximarse a las historias y sueños de los personajes con empatía y sin dramatismo. Aunque quizás se trate de un film menor (ese aparenta ser el consenso entre los que vieron La pivellina), no deja de ser una película entrañable que se disfruta de principio a fin, lo que le valió la obtención del Premio del Público a Mejor Película de la Competencia Internacional de nuestro festival.

Historia de una pasión de Terence Davies waaqijrkaoraxzuayppwximwsl8

Terence Davies lo hizo de nuevo. El director de Voces distantes (1998), Del Tiempo y la Ciudad (2008) y El largo día acaba (1992), probablemente el mejor director inglés vivo, regresa con un film espléndido sobre la vida de Emily Dickinson. Davies opta por un acercamiento arriesgado en lo que respecta a las biopics, retratando prácticamente la vida entera de la poeta -la infancia queda fuera- en lugar de enfocarse en un momento crucial, pero logra que el film no se sienta como un mero resumen o una carrera hacia el inevitable desenlace dramático. La película se mueve orgánicamente desde el comienzo, en el que nos encontramos a una Dickinson rebelándose contra los dogmas de su educación religiosa y regresando al hogar familiar, en el que podrá disfrutar de libertades poco usuales para las mujeres de la época. Las relaciones filiales, el amor de sus padres y hermanos, que la aceptan y promueven incluso en sus desacuerdos, son capturadas de manera impecable, con una intimidad que se siente en la piel. Con la maestría que le es habitual -el excelente manejo de cámara, luces y espacio-, e intercalando poemas de una manera poco usual, que funcionan como contrapunto de lo que se ve en pantalla a la vez que revelan la vida interior de Dickinson, Davies logra transformar la casa familiar en Amherst en un mundo entero. Un mundo que es a la vez una prisión autoinfligida en la que cada vez se encierra más y el paraíso de la creación y la vida familiar, la única vida que a Emily le interesa, a la que no le falta el humor, que por tramos inunda la pantalla como en ningún otro trabajo del director, con diálogos veloces e ingeniosos perfectamente escritos. Las actuaciones son de un gran nivel, destacándose la soberbia Cynthia Nixon, en el que probablemente es su mejor papel. Terence Davies hace de este drama de cámara literario una obra memorable, un clásico instantáneo.

David Lynch – The Art Life de Jon Nguyen, Olivia Neergaard-Holm & Rick Barnes 482213

David Lynch es un director que atrae tanto por sus películas como por su excéntrica persona. En los últimos años, a medida que se ha ido alejando del cine (Inland Empire, su último largo, es de 2006), Lynch se ha dedicado a pintar, crear un bar en París, promover la meditación trascendental, hacer música, y, algunos dirían, explotar su imagen con evidentes fines lucrativos. David Lynch – The Art Life hace de Lynch no solo el objeto del documental sino su co-creador. El recorrido biográfico es cronológico e intercala imágenes de archivo, filmaciones de Lynch en la actualidad -principalmente pintando o esculpiendo en su taller-, y su voz, omnipresente, que brinda una entrada inédita a la vida íntima de uno de los directores más importantes de la actualidad. Lynch, un narrador oral excepcional y con un estilo muy personal, intercala momentos reflexivos sobre el arte con su biografía, historias normales sobre su familia rubia y feliz con situaciones típicamente lyncheanas. La mayor parte del metraje es dedicado a su relación con la pintura y no con el cine, que ingresa pasada la mitad con la ya conocida historia del cuadro con plantas que parecen tomar vida y que lo lleva a replantearse el camino a seguir. El montaje es rico visualmente, aprovechando el archivo y las filmaciones actuales para construir un film dinámico, que nunca aburre y que se mantiene lejos de los documentales de cabezas parlantes. La única cabeza parlante es la del propio director, nunca interpelada, nunca complementada por otras voces, quizás el único cuestionamiento que se le puede hacer a un documental que explora con solvencia la biografía de uno de los directores más enigmáticos e influyentes de la historia del cine.

La chica sin nombre de Jean-Pierre y Luc Dardenne la_fille_inconnue

La elegida para la clausura de este festival fue La chica sin nombre de Jean-Pierre y Luc Dardenne, cuyo film anterior, Dos días y una noche (2014), inauguró el 33° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay hace dos años. Una apuesta segura, por un cine que forma parte fundamental de la Cinemateca, y cuya combinación de comentario social con vigor artístico son representativos de lo que el festival promueve. Jenny, una joven doctora tan capaz como responsable, que no deja que sus emociones interfieran con su trabajo, viene a sumarse a la larga lista de protagonistas femeninas de los Dardenne. Una noche, luego de cerrar el consultorio, alguien llama a su puerta pero ella decide no abrir. Al día siguiente recibe la visita de unos policías que le informan que quien golpeó la puerta era una joven inmigrante (la chica sin nombre del título) que huía de alguien, y que ha sido hallada muerta cerca del lugar. Carcomida por la culpa, Jenny se dedicará de lleno a investigar quién era esa chica. A partir de ahí, el film se desarrolla en terrenos cercanos al policial, con las sospechas y giros inesperados de rigor, y con los directores manejando el suspense con pericia. Pero es evidente que ese misterio no es lo crucial, y que lo central es el desarrollo moral de un personaje, que Adèle Haenel construye hábilmente desde lo físico, entre la dureza y una dulzura oculta que aflora en breves instantes, pero cuya vida interior permanece como un misterio para el espectador, como otra chica desconocida. La chica sin nombre, entre lo íntimo y lo universal, plantea preguntas cruciales sobre la violencia contra las mujeres, el lugar de los inmigrantes y la incapacidad de aceptar la culpa de los males propios.

Un comentario en “Días de luz

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