El ruido y la copia

Reseña de Los ojos de una ciudad china de Gabriel Peveroni  (Montevideo: Hum, 2016). Salió en Brecha el 5 de enero de 2017. tapa2blos2bojos


La ciudad respira. Se la puede escuchar crecer lentamente si se presta atención. La mayor parte de la gente está demasiado apurada o anestesiada para notarlo, pero la ciudad en la que viven desaparece, lista para ser reemplazada por una nueva conjunción de acero y vidrio, torres impenetrables a las cuales no podrán acceder. Shanghai es una ciudad inabarcable, liminal, el símbolo de la nueva era y la destinataria de las fantasías tecnofuturistas occidentales que no hace tanto supo ser Tokyo. Una ciudad maldita, lista para expulsar a los “desechos de la revolución” que encarnan personas como Xiaomei, portadora de los ojos que pueden ver a Shanghai y de la memoria viva de la China previa a la apertura capitalista.

Ella -y de otra manera Ziggy Stardust- son el centro de esta novela fragmentaria e impredecible, primera parte del nuevo proyecto literario de Gabriel Peveroni (Montevideo, 1969), presentada como un “relato coral narrado por una anciana llamada Xiaomei y otros personajes que residen o están de paso por Shanghai”. Estos incluyen a un periodista catalán que viaja a filmar un programa sobre españoles por el mundo, un chileno que investiga sobre poetas militantes perseguidos por las dictaduras del Cono Sur, y un joven grafitero chino llamado Joy que insiste en dejar su huella en la piel de la ciudad, entre otros. Pero la acción no se circunscribe a esa metrópolis, se desliza hacia otros escenarios mundiales -incluido Montevideo-, en un texto que parece no poder contenerse en sus páginas.  El rumiar la ciudad, el constante intento de aprehenderla por parte de sus habitantes esta destinado al fracaso. Como señalaba un personaje de Tobogán blanco (2009): “A veces se puede tener la ilusión de una ciudad, conocerla por historias de otros, pensarla, soñarla, incluso viajar una y otra vez. La irás conociendo de a poco, pero alcanza con vivir en ella, en sus entrañas, para empezarla a desconocer. Porque satura conocer”.

La novela esta construida a partir del diálogo entre textos de índole diversa: las historias individuales de los múltiples personajes, las transcripciones de las novelas de César Aira Los ojos de Nanjing y La trama infinita, y del ensayo Apuntes topográficos sobre Groenlandia de Charlotte Zara. Este entramado de discursos, que van y vienen en el tiempo y el espacio, le otorga un ritmo hipnótico que replica la aparición de las nuevas construcciones en Shanghai. Peveroni maneja las citas y las influencias –evidentes- de escritores como Aira, Bolaño o Fernández Mallo de manera muy hábil, siendo fagocitadas en una nueva creación, en un caso ejemplar de la imitación como alabanza. Sin embargo, la imitación en general constituye uno de los temas centrales de la novela. La nueva China del capitalismo tecnológico es el país de la copia, de la réplica, como remarca Xiaomei: “Mi teoría es que tener un solo hijo y leer un solo libro nos volvió temerosos. […] Encontramos la salvación en la réplica, en tener a mano otro plan si ese hijo sale idiota, fallado o simplemente muere. De un momento para el otro la revolución se devoró a sí misma. Se convirtió en su propia réplica. Copias. Copias. Copias. De todas las cosas. De todas las cosas que no tenemos y están lejos”.

Podemos leer esta novela en relación con el ensayo de Byung-Chul Han Shanzai. El arte de la falsificación y la deconstrucción en China (Caja Negra, 2016). Para Han la idea de original esta estrechamente emparentada con la de verdad, y la verdad “es una técnica cultural que atenta contra el cambio por medio de la exclusión y la trascendencia. Los chinos aplican otra técnica cultural, que opera con la inclusión y la inmanencia. Solo en el terreno de esta última técnica es posible relacionarse con las copias y las reproducciones de manera libre y productiva”. Si pensamos a la clonación como la última frontera de la copia,  el desdoblamiento final, el clon no tiene verdad.  Así es como Shanghai se impone como escenario inevitable de esta historia, en la que los personajes tienen que enfrentarse a una nueva realidad, lidiar con la copia, optar por la trascendencia o la inmanencia para encontrar su verdad.

Peveroni ha escrito una de las novelas más interesantes de un año excepcional para la narrativa uruguaya. Los ojos de una ciudad china se aproxima a la ciencia ficción, y a un mundo que cada día parece más una réplica futurista, con una maestría innegable. Su contemporaneidad no la ancla en el presente: la transporta hacia el futuro.

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