El dolor de la alegría

9788420416786Reseña de Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin  (Buenos Aires: Alfaguara, 2016). Salió en Brecha el 23 de diciembre de 2016.


En 2015, 11 años después de su muerte, ingresó en la lista de bestsellers del New York Times con una antología de sus cuentos titulada A Manual for Cleaning Women (Manual para mujeres de la limpieza). Lucia Berlin (1936-2004) era nombrada como una de las grandes escritoras “perdidas” por los principales medios culturales de su país y del mundo. No es que fuera una escritora oculta: comenzó a publicar sus relatos a los veinticuatro años en revistas como The Noble Savage (de Saul Bellow) y The New Strand, y su primer libro, Angels Laundromat (Lavandería Ángel), fue editado en 1981 por una pequeña editorial de Berkeley. En las décadas que siguieron continuó publicando de manera ininterrumpida hasta su temprano fallecimiento, aquejada por problemas de salud que venían de la infancia. Los registros indican que los dos últimos libros que publicó en vida vendieron menos de 1.000 ejemplares cada uno, mientras que Manual para mujeres de la limpieza ya fue traducido a más de 20 idiomas.

¿Cómo se explica esto? ¿El efecto muerte, siempre tan oportuno a la hora de aumentar las ventas o quitar el polvo a viejos volúmenes olvidados? El éxito crítico –aunque a pequeña escala—lo había alcanzado hacía tiempo, incluyendo algunos premios y becas. Era admirada por otros escritores, principalmente colegas más jóvenes, que en muchos casos terminaban siendo amigos y alumnos. Como Lydia Davis, que escribió el excelente prólogo de esta antología, o Dave Cullen, uno de sus alumnos en la Universidad de Colorado en Boulder, que escribió para Vanity Fair uno de los artículos más emotivos sobre su repentino éxito. Porque si hay algo que todos ellos repiten una y otra vez es: por fin, era hora que se dieran cuenta.

Quizás podemos pensar que el público literario estadounidense es hoy en día más proclive a leer cuentos escritos por mujeres, sobre mujeres y narrados por una voz femenina fuerte. Pero esto no explica el éxito temprano de Lorrie Moore o la propia Lydia Davis, que muchos ven como herederas de Berlin. Como es usual en estos casos, no hay una respuesta definitiva. En un artículo publicado en The Paris Review, Elizabeth Geoghegan, relata una historia que le contó la propia Berlin: cuando ganó la beca del National Endowment for the Arts gastó todo el dinero en un viaje a París y no escribió una sola palabra. Luego, les envió una carta de agradecimiento en la cual relataba todo lo que había hecho con el dinero: cualquier cosa menos escribir. Más allá de los chistes sobre nunca volver a ganar un premio, Geoghegan ve en este relato una forma de resguardarse de la fama, ya que el éxito podría haber desbaratado una vida en la que atravesó muchos momentos muy duros y en la que luchaba por encontrar cierta estabilidad.

Punto de vista

Lucia Berlin nació en 1936 en Alaska. Un comienzo marginal dentro de la geografía de los Estados Unidos, que continuaría, por el trabajo en la industria minera de su padre, en diversos asentamientos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941, el padre fue reclutado y partió al frente, y la madre regresó con Lucia y su hermana a la casa familiar de El Paso. Desde pequeña padeció una dolorosa escoliosis que a menudo la obligó a llevar un corsé ortopédico. Al regreso del padre, la familia se trasladó a Santiago de Chile y vivió una vida de lujos. El alcoholismo de la madre se hace evidente y se distanció de sus hijas. En 1955 se matriculó en la Universidad de Nuevo México. Entre esa fecha y 1968 egresó de la universidad, se casó tres veces y tuvo cuatro hijos que terminará criando sola. Vivió en México y Estados Unidos. Realizó una infinidad de trabajos para poder mantener a sus hijos: profesora en una cárcel, limpiadora, telefonista, recepcionista, profesora de escritura en una universidad.

Estos datos no son solamente curiosidades biográficas, sino que son la materia prima de la cual surgen sus relatos. Según Lydia Davis, luego de su muerte uno de sus hijos dijo: “Mi madre escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco”. Podemos asociar esto al concepto de autoficción, como hace Davis, o sea, la narración de la propia vida apenas modificada, recreada a través del tamiz de la ficción y ajustada a las exigencias de la narración literaria. A eso se refiere Berlin cuando una de sus narradoras dice “Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento”. La verdad no se encuentra en el hecho real, si le pasó o no exactamente eso, sino en la literatura. Porque no es una traslación de la biografía al papel lo que hace Berlin. Como ella dice: “De algún modo debe producirse una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene la verdad, no solo para quien escribe, también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad”.

Espera un momento

Manual para mujeres de la limpieza recopila 43 cuentos, más de la mitad de los 76 que publicó. Hay relatos largos y  relatos brevísimos –como el perfecto “Mi jockey”— de calidad variable. No hay aclaraciones sobre los criterios empleados en la selección, ni las fechas en las que fueron publicados originalmente los cuentos, lo que implica una pérdida de valiosa información. En conjunto los cuentos funcionan como el largo recuento de un puñado de vidas que tienen como común denominador a Berlin, y que oscilan entre la felicidad y la tragedia, narradas con una honestidad brutal. En múltiples ocasiones la escritora se declaró admiradora del trabajo de Chéjov, de su mirada clínica e imparcial a la hora de representar a sus personajes. Lo mismo se puede decir sobre ella, que por momentos logra un balance ideal entre distanciamiento y compasión, entre dolor y humor. Porque como dice en “Silencio”, un hermoso cuento sobre la amistad y la traición, “no me importa contar cosas terribles si consigo hacerlas divertidas”

Berlin siempre instala sus historias en un mundo real y tangible, de imágenes concretas, algunas veces bellas y otras no, pero siempre originales, y que involucran al lector con todos sus sentidos. Los olores y los sonidos son detalles sustanciales en muchas de estas historias, y sirven para determinar personajes y lugares de forma precisa. Como en la descripción de la prima Bella Lynn en “Dentelladas de tigre”, que la pinta entera: “Seguramente era la mujer más bella del oeste de Texas, debía de haber ganado un millón de concursos de belleza. Pelo largo rubio claro y ojos color miel. Y su sonrisa, sin embargo, o más bien su risa, era una cascada de profunda alegría, insinuaba y se burlaba del dolor que la alegría siempre trae consigo”. Su voz atrapa al lector, lo invita a acercarse a la historia, como si le estuviera contando un secreto. Geoghegan dice que Lucia era una chusma de primera, como los mejores narradores. Pero su chisme, muchas veces conectado con su propia vida, nunca es banal, siempre revela algo fundamental que va más allá de lo contado.

Las historias se pueden seleccionar en pequeños grupos temáticos: la infancia en Estados Unidos y Chile, las historias de amor, el trabajo, el alcoholismo, la familia (especialmente la madre y la hermana). En algunos casos estos temas se mezclan, en narraciones que siempre se desarrollan de maneras inesperadas. “Penas”, una historia sobre el duelo y la recuperación de su hermana Sally, deriva en un regreso a “Toda luna, todo año” y la cuestión de la identidad y el amor. La protagonista de ambos cuentos es la misma, pero su nombre (solamente el de ella) cambia: es a la vez Eloise y Dolores. En “Penas”, el segundo cuento en la colección (y cronológicamente, asumo), gran parte de la historia la vemos narrada desde el punto de vista de unas señoras que se hospedan en el mismo hotel. Funciona como una puesta en práctica de lo planteado en “Punto de vista”, un cuento explícito sobre el arte de narrar, en el que establece a la tercera persona como fundamental a la hora de interesar al lector. Porque como dice, “en realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla”.

La identidad es una cuestión esencial en este libro. La protagonista se debate entre el inglés y el español, incluso de manera explícita: luego de vivir una larga temporada en México dice: “sigo tratando de recordar quién era en inglés”. Las lenguas parecen plantear dos modos de vida diferentes, dos modos de enfrentarse a los hechos. En este libro extraordinario Lucia Berlin decide enfrentarse a lo que sucede de frente, sin mirar para otro lado pero sin perder el humor y la compasión. Como en el cuento que el joven preso escribe en la cárcel en “Y llegó el sábado”, su escritura expone la fragilidad de la alegría a la vez que la resguarda: le pide que espere un momento.

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