Jóvenes, lindas y voraces

Entrevista a Mariana Enriquez. Salió en Brecha el 14 de octubre de 2016.

27-mariana-enriquez-foto-manuela-aldabe
Foto: Manuela Aldabe

Las cosas que perdimos en el fuego, último libro de cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez, ha sido elogiado por la crítica y los lectores, al punto que será distribuido en veinte países y traducido a catorce lenguas. Enriquez vino a Montevideo a presentarlo en la Feria del Libro y dialogó con Brecha sobre escribir terror desde el sur.

 

– A pesar de las similitudes, Los peligros de fumar en la cama, tu primer libro de cuentos, es más de género –hay una ouija, zombies y una maldición—mientras que el segundo, Las cosas que perdimos en el fuego, parece estar más cerca del realismo. ¿Fue ese un cambio de registro deliberado?

– Son dos etapas diferentes de escritura. Los peligros… era mi primer intento de escribir terror y a lo mejor utilicé escenarios y disparadores del terror mucho más reconocibles, mientras que en el último lo que hago es tratar de hacer un terror más local. En el otro, lo local aparece en algunos temas sobre todo en un cuento como “Cuando hablábamos con los muertos” que está la ouija pero está en función de los desaparecidos. Pero en el último traté hacerlo más local todavía y que –esto lo pienso ahora, mientras estaba escribiendo era lo que me salía- los disparadores del terror fueran menos sobrenaturales y menos gore. En general traté de hacer cuentos realistas que tuvieran una disrupción por el lado de la violencia, por el lado del terror y por el lado del clima que se enrarece, pero con elementos muchísimo más reconocibles dentro del realismo y menos dentro del género.

– Tus cuentos se centran en cuestiones muy argentinas, ¿el género te permite darle una vuelta distinta a estos temas?

– Va por los dos lados. A mí me interesa la política y la cuestión social pero no la literatura que la abordada desde el realismo. No es el tipo de literatura que quiero hacer. Al mismo tiempo, estuve pensando bastante cómo escribir un terror reconocible, rioplatense, cómo hacer la traducción del terror. El canon del terror es abrumadoramente anglosajón en su tradición. Entonces traté de fijarme qué es lo que hacen los grandes escritores de terror contemporáneos, y básicamente lo que hacen es trabajar con sus realidades. En un cuento clásico como “La lotería”, Shirley Jackson escribe sobre la crueldad del pueblo chico, y después viene el terror, pero hasta que llegás al hecho son un montón de vecinos jugando a la lotería. Stephen King lo hace todo el tiempo, desde Carrie que es una novela sobre bullying, fanatismo religioso y una masacre escolar casi anticipada, en la que el elemento sobrenatural es central en el libro pero es secundario en cuanto a lo que trata la novela. Este es el camino que me interesa del terror contemporáneo, no es una cosa que estoy inventando, pero al chocarlo con nuestra realidad produce un híbrido particular.

– Hace unos días en el FILBA dijiste “Siempre quise ser Stephen King” y hace poco participaste en la antología King, tributo al rey del terror. ¿Creés que hay una revalorización del terror y específicamente de King?

– No sé si de Stephen King en particular. Me parece que para la gente de mi generación o un poco más grande ya está totalmente establecido que es un gran escritor, es una discusión viejísima. Como Mark Twain o Dickens, no es un estilista es un escritor popular, nunca fue su intención ser Thomas Pynchon. Me gustan los dos, pero yo busco otra cosa cuando lo leo. Me parece algo así como el gran escritor popular de la segunda mitad del siglo XX. No me parece muy discutible. Lo que sí está habiendo es una especie de rehabilitación del género, mucho cruce, como policial con terror al modo de John Connolly. En cine pasa lo mismo, no necesariamente cosas buenas, pero gran cantidad. En televisión sí hay cosas de mayor calidad, desde Penny Dreadful hasta American Horror Story. Hay una recuperación del género sin tanto desprecio, sin tanto kitsch, entendiéndolo mejor.

– Lovecraft cruzaba el terror con la ciencia ficción, y a él hacés referencia en “Bajo el agua negra”.

– Es como un homenaje a Lovecraft. Ese cuento tiene una historia medio fallida. Había una antología de Lovecraft en español a la que me llamaron, suelen llamarte en estas cosas porque les faltan chicas, que es una locura porque hay un montón de escritoras. En fin, la cuestión es que no salió por equis motivo. Y yo tuve ganas de hacerlo tipo desafío, porque lo que me decía el editor español es que tenía muchos cuentos que transcurrían en escenarios clásicos de Lovecraft, o sea gente que los hacía en el mismo lugar y tomaba el canon tal cual. Me planteó que fuera un escenario completamente diferente pero no me dijo en cuál. Lo pensé en ese sentido, sacarlo de todos los lugares previsibles, dejar algunas señales muy claras –el alfabeto, los niños deformes, el cura que se mata— pero después es un cuento casi judicial, medio televisivo, con una mina super fuerte. Me parece que si no sabes nada de Lovecraft lo podés leer como que pasa algo raro sin entender bien qué es esa procesión, pero si lo cachás lo disfrutás más de otra manera. Yo no soy super fan de Lovecraft, es un escritor que me interesa mucho más como creador de mitos que como escritor.

– Tus relatos suelen estar poblados por adolescentes o mujeres jóvenes que, como dijiste hace poco, son como cardúmenes. ¿Hay algo extremo en la adolescencia que se presta para el terror?

– Sí, sobre todo en las chicas, me parece que por las resonancias que tiene fuera de lo que pasa realmente. Vos tenés las jóvenes brujas de las brujas de Salem, las chicas asesinas del clan Manson, Las vírgenes suicidas que no tiene nada que ver con el terror pero sí con esa cosa tóxica de la adolescencia y las amistades. Las chicas en esa edad, el tipo de cuestión hormonal que hay ahí es de identificación con las otras y de desaparición en esa masa. Hasta lo hace con mucha inteligencia Cortázar en un cuento que se llama “Las ménades”, que son unas chicas –aunque algunas son mujeres grandes—que se vuelven locas con un director de orquesta, que es lo mismo que pasa con Justin Bieber. Y si vas a los shows en los momentos de más intensidad te da un poco de miedo, es como que no paran de gritar nunca, como las sirenas, otro mito de mujeres jóvenes, lindas y voraces. Hay una tradición de imágenes e íconos de chicas intensas que a mí me gusta.

– ¿Es ahí que entra el gótico? El epígrafe de Emily Brontë define muy bien estos cuentos.

– Sí, porque al menos en occidente las mujeres ya no están encerradas. O en la mayoría de los casos tienen todas las herramientas para no estarlo. Pero hay algo que sí todavía te agobia que es el cuerpo. Hay un discurso que legisla –en sentido estricto— sobre el cuerpo de las mujeres mucho más que entre los varones. Entonces me parece que el cuerpo como prisión existe todavía. Por otro lado está también la cuestión de la mujer loca, por eso está el epígrafe de Anne Sexton, que es una poeta que me gusta mucho. Me interesa la cuestión de la prisión mental. Los encierros -y en los cuentos me parece que está- son voluntarios y tienen bastante de placer. Hay mucho de los encierros-infierno que pensaba el gótico cuando lo escribían mujeres en ese momento que tenía que ver con la experiencia real  de la mujer en la sociedad; ahora se puede escribir lo mismo, pero post Freud hay que agregarle el oscuro placer de quedarse en ese lugar de neurosis, asfixia y locura centrífuga.

– Hay una perspectiva muy dura sobre las relaciones de pareja.

– Es que esa es una de las prisiones. La obligación de la pareja y de la felicidad por los hijos es un mandato asfixiante que está totalmente vigente, y es una cárcel buscada, porque no es verdad. Todo eso no tiene nada que ver con la constitución de una persona. Es un mandato que me parece repugnante. Lo digo yo que estoy casada y feliz. Pero más allá está la obligación de estar en pareja, y hacerlo y ser infeliz directamente me parece un disparador del terror. Los ochenta años de vida que vas a tener los estás arruinando por un mandato externo.

– ¿Existe una tradición argentina del terror?

– No. Pero sí me parece que hay un montón de escritores que escribieron cosas de terror y no fueron leídos en ese sentido. Algunos cuentos de Silvina Ocampo, como “La fotografía”, para mí son cuentos de terror. También muchos cuentos de Cortázar lo son hasta genéricamente de la manera más ramplona (en el mejor sentido), como “La puerta condenada” que tiene un formato casi de leyenda urbana. “El informe sobre ciegos” es un cuento de terror y muy incorrecto, que es una cosa que el terror tiene, porque que los ciegos sean malos en este momento que tenemos que respetar las diferencias es una bestialidad a la que se atreve muy poca gente. Está Lugones, está Quiroga. En los últimos años sí hay escritores que hacen terror, como Diego Muzzio o Luciano Lamberti, aunque me falta leer un montón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s