Nicolás o Brahma contra Hegel

la-dificultad-tomas-abraham-literatura-random-house-d_nq_np_259521-mla20821200759_072016-fReseña de La dificultad de Tomás Abraham (Buenos Aires: Literatura Random House, 2015). Salió en Brecha el 26 de febrero de 2016.


Tomás Abraham (Rumania, 1946) es un reconocidofilósofo argentino. Ahora, a los 69 años de edad, elige la ficción. Su estructura es la de un bildungsroman clásico –o novela de aprendizaje—de tres etapas: el aprendizaje de juventud, los años de peregrinación y el perfeccionamiento. La novela parte de una experiencia vivida y las coincidencias con la vida del autor abundan, pero no es una autobiografía. Se trata de una novela de recuerdos, narrada desde la actualidad por un yo que cuenta su viaje, sus experiencias como estudiante en el París de posguerra y el regreso a una Argentina transformada por el peronismo y la dictadura.

Nicolás, el protagonista, es un chico judío, tartamudo, zurdo, primero demasiado flaco y luego de las inyecciones de aceite de su madre demasiado gordo, que atraviesa su vida en Buenos Aires con dificultad. Las excesivas reglas del hogar familiar, la gordura de la infancia y primera adolescencia, la tartamudez, lo determinan como un outsider. Hace lo mejor que puede con lo que tiene, intentando disciplinar el propio cuerpo que se rebela ante sus deseos. Una vida también determinada por la pertenencia a una familia de inmigrantes judíos que huyeron de las calamidades europeas de la primera mitad del siglo XX y deben encontrar un lugar, hacerse un espacio y una vida en este país. Un padre exigente pero cariñoso, que castiga y ama por igual a su primogénito, una madre que no le presta atención a su hijo mayor, permanentemente enojada con el padre por el cariño que ella reclama no es suficiente, y su hermano Pedro, un chico feliz en ese ambiente de infelices, son los personajes que marcan la primera parte de la novela.

Las vacaciones en balnearios o en la nieve son los únicos respiros que Nicolás tiene de las vidas familiar y educativa, disparan nuevas experiencias románticas y sociales. Estas se dan tanto dentro de la comunidad judía local como fuera de ella, con sus consiguientes diferencias. Pero hay un factor común, un factor de clase a las dos esferas, que se ve reflejado en las referencias a la música y los productos que lo rodean. Una sociedad que está entrando en una nueva etapa del capitalismo de posguerra y cuyas marcas comerciales y culturales definen el entorno de clase media alta en el que se vive, que delimitan la vida del joven. Un ingreso fallido al Colegio Nacional de Buenos Aires es el fracaso que inaugura la vida adulta. Las clásicas experiencias de la adolescencia dejan un halo de amargura, de insatisfacción, que recorre la novela. Porque como señala el protagonista la libertad se construye y el camino no es fácil. El ingreso a la universidad, a mediados de los años sesenta, encuentra a Nicolás optando por Sociología, la carrera de moda para los jóvenes politizados. Con esta elección establece un pequeño distanciamiento de la ley paterna, del papel de heredero de la empresa familiar. Aunque el padre en ningún momento impone un requerimiento de estudios: lo que The Big Man impone es una forma de vida, una serie de valores y actitudes a imitar. Porque la misma persona que genera un clima de terror doméstico es la que llora desconsoladamente frente a su hijo de diez años, es la que se aferra a unos principios y valores que le otorgan la estabilidad que su vida europea no le daba, pero que su hijo siempre tuvo. Es esta estabilidad económica y social, la que le otorga a Nicolás la posibilidad de investigar nuevos caminos, nuevas posibilidades que sus padres ni siquiera pudieron considerar.

Pero la asistencia a la Universidad de Buenos Aires y la militancia estudiantil se verán cortadas por la intervención de la casa de estudios. La Noche de los Bastones Largos abre la posibilidad de un exilio en tierras francesas, no tanto por peligros políticos sino por decisión paterna. El padre ve en el viaje la posibilidad de que el hijo adquiera una formación, cultural más que profesional, que lo ponga en el camino de un digno heredero de la empresa familiar. Con esta decisión, en el año 1966 comienza la peregrinación.

La dificultad es una novela de la dependencia del dinero paterno y del amor de las mujeres

Sin embargo, a pesar de que la presencia del padre lo restringe a actuar de cierta manera, es una presencia bondadosa. Él brinda más de lo que exige, deja que su hijo viva a sus anchas –dentro de ciertos límites de decencia social– con el dinero de la mensualidad. Por esto La dificultad es también una novela de la dependencia: de la dependencia del dinero paterno, que facilita la vida; del amor de las mujeres, que se requiere como un bálsamo indispensable y siempre insatisfactorio. Porque Nicolás ve a las mujeres más como un medio que como seres completos, o mejor dicho son pensadas exclusivamente en función de la posibilidad de salvación que le otorgan. El amor de Brisa, la novia adolescente que lo seguirá –otra vez gracias a Papá– a Francia, el deseo por las mujeres que vendrán después, siempre recordadas por sus sobrenombres, solo serán vistas como funciones por un joven que atravesará el existencialismo y el posestructuralismo, pero que se salteó la revolución feminista. La honestidad es una de las primeras cosas que resaltan en este narrador, que no pretende ser lo que no es, que está acostumbrado a vivir hacia adentro, sin poder comunicarse de la manera que desea, y cuyas relaciones tienen cierto nivel mínimo de toxicidad desde su infancia.

El protagonista sigue un camino esperable: el viaje a París lo lleva al estudio de filosofía en La Sorbona y la participación en el Mayo Francés. Pero la Francia a la que llega no es la soñada. Sartre ya no es un ídolo, ha sido olvidado, o peor, repudiado. La figura guía se pierde de golpe. Hay que construir una identidad nueva, y ahí están los libros de Foucault y Deleuze, el neomarxismo, pero también los alucinógenos y la revolución sexual, entre los actos en contra de las dictaduras latinoamericanas y las clases de la universidad francesa. Pero esta bohemia de joven de izquierda del Barrio Latino también está marcada por consumos compartidos que pautan una identidad, tanto en Argentina como en Francia, en jóvenes de clase alta más o menos revolucionarios. Podemos ver en Nicolás el retrato de una generación, la de los jóvenes que se encuentran entre la teoría aprendida y la práctica que saben no será efectiva pero cuyo atractivo es innegable.

No obstante la felicidad dura poco. La vida en pareja se complica, y se soluciona brevemente con la existencia de a tres, la vida con un tercero que sirve como intermediario. Porque Brisa a pesar de ser la mujer amada es como una sombra en un París que es un velorio, un silencio que es mejor que él en los estudios, pero que no genera sentimientos intensos. De cualquier manera, la comodidad de la vida sentimental es difícil de abandonar. Esta etapa se cierra como las otras, con una fuga: el viaje a Oriente.

Otra experiencia común a la juventud de la época, en la práctica o en la teoría, el viaje a Oriente, no resulta como se planeaba. La desconfianza, la actitud crítica se llevan en la sangre y son difíciles de conciliar con la vida espiritual que se persigue en la ruta hacia el este. Pero en esta deriva el descreimiento no impide la participación. De cualquier manera no se rinde ante el poder del espíritu oriental, ya sea de Brahma o Buda, no porque no quiera, sino porque no puede lograrlo del todo, no importa cuánto lo intente.  Porque Nicolás sabe que hay algo de pose en esto,  lo que lo lleva a decir que  “estaba harto de hacerme el californiano y gozar de estar on the road”. Todo llega a un final abrupto luego de unos meses de vida en Japón, a un colapso tanto físico como mental. Al regresar a Buenos Aires en 1972 se encuentra con una ciudad totalmente transformada. Ya no es la sociedad lacia y pacata de los sesenta en la que los jóvenes solo quieren llegar a ser adultos. Es una Buenos Aires de hippies y peronistas, de bongós y bombos, pero también de clases clandestinas, de lacanianos y de místicos. Y ninguno se salva de la mirada ácida y despojada del narrador.

El reajuste es difícil, y el camino del perfeccionamiento (última etapa del bildungsroman), arduo. También podemos pensar a la novela como una historia de la culpa, la culpa por no poder ser lo que el padre quiere, pero tampoco poder ser lo que uno quiere, aunque no se tenga claro qué es eso. “Nicky” se encuentra atrapado en un abismo de opuestos. Pero la tartamudez desapareció casi completamente en el viaje y se puede empezar a responder al mundo como se quiere. Y al final, lo que organiza esta vida es algo que lo acompañó todo este tiempo: la lectura activa, el hábito de subrayar. Porque quizás, “el lenguaje se posa cuando los pies duermen”.

Más allá de su estructura clásica, La dificultad no es una novela de aprendizaje más. Tampoco es una autobiografía, aunque parte de su material se origine en la experiencia personal. Quizás como dice el narrador “escribir no es vivir, ni revivir, por eso la autobiografía es un género de ficción, de inventiva, de creación”. La escritura cuidada y vibrante a la vez, atravesada por la filosofía, la pasión y las alucinaciones por igual, la hacen una gran novela. Puesto que como dice Nicky, escribir es una celebración.

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