La trama de la infancia

Reseña de Memoria por correspondencia de Emma Reyes  (Buenos Aires: Edhasa, 2015). Salió en Brecha el 12 de agosto de 2016.9789876283922


Emma Reyes (1919-2003) fue una pintora colombiana que vivió gran parte de su vida en Francia. A los 21 años partió de su tierra natal y recorrió América Latina hasta llegar a Buenos Aires, lugar en el que tuvo su primer contacto con la pintura y en el que vivió hasta ganar una beca de la Fundación Roncoroni para jóvenes pintores. Esto le permitió trasladarse a París y asistir a las clases de la academia de André Lothe, quien en 1949 la ayudó a montar su primera exposición en la galería Kléber. Continuó viajando, gracias a becas y comisiones, a Estados Unidos, Italia, México e Israel. Fue amiga de algunos de los mayores artistas de la época, como Pier Paolo Pasolini, Jean-Paul Sartre y Alberto Moravia. Como pintora trabajó junto a Diego Rivera y Antonio Berni. Pero todo esto queda fuera de este libro: Memoria por correspondencia se concentra en el período que va de la infancia a la adultez entre Bogotá y algunos pequeños pueblos colombianos.

En 1969 Emma Reyes le escribió una carta a Germán Arciniegas, de quien era íntima amiga, relatándole algunos acontecimientos de su infancia. A instancias de él, y hasta 1997, le envió veintidós cartas más en las que continuó este relato, que fue publicado diez años después de su muerte por expreso pedido de la autora. La historia comienza a sus cinco años en una casa de una pieza y sin baño del barrio San Cristóbal, en Bogotá. La casa, ubicada al lado de una fábrica de cerveza adecuadamente llamada “Leona pura, leona oscura”, la comparte con su querida hermana mayor, Helena, un niño llamado “Piojo” y la Sra. María, una joven poco protectora que se encuentra a cargo de los pequeños. Cambiarán ese ambiente desolador, plagado de maltratos y de la oscuridad del encierro, por varios pueblos de Colombia, hasta que María, que las culpa de todos sus problemas, las abandone por un hombre en una estación de tren. Luego de esperar en vano el regreso de ella, serán recluidas en un convento.

Con una prosa atravesada y rica en matices, Emma Reyes narra su historia en pequeños episodios que tienen un aire de picaresca. Los recuerdos son relatados con un detallismo extremo, característica que la autora reconoce directamente, cuando señala en la carta número diez: “yo pienso como tú, que un niño de cinco años que lleva una vida normal no podría reproducir con esa fidelidad su infancia”. Y es con la voz de esa niña que vive una infancia extraordinaria que narra esta historia, lejos de la reflexión de la mujer adulta y de los juicios morales sobre lo que sucede, y especialmente lejos de la solemnidad de tantas autobiografías. Este es uno de los grandes aciertos del libro, ya que esa mirada es fundamental a la hora de situarnos en el lugar de esta niña, que descubre todo con la maravilla de lo nuevo y que no juzga de igual manera que el lector lo que está sucediendo.

La madre ausente

La figura de la señora María, como la llama Reyes, es el bastidor en el que se trama la primera parte de esta historia. Una mujer misteriosa que es presentada en la primera carta como “una señora que solo recuerdo como una enorme mata de pelo negro que la cubría completamente y que cuando lo llevaba suelto yo daba gritos de miedo y me escondía debajo de la única cama”. En la siguiente carta, a instancias de Arciniegas, esta señora anónima es presentada como María, una joven que nunca hablaba de su origen o su familia, y de quién se limitaban a seguir sus órdenes sin protestar. Esta figura materna será fundamental en la formación de la personalidad de la pequeña Emma, a quién moldeará a base de castigos y preferencias por su hermana mayor. Pero María no es solamente un ser violento, es también una víctima de la pobreza extrema y de lo que podemos intuir son una serie de embarazos no deseados de varios señores respetables. La falta de origen de María se ve replicada en la falta de origen de Emma, que junto a Helena jurarán negar toda su vida junto a su cuidadora en el momento de entrar al convento.

Otros niños comparten esta vida: el Piojo y el “Niño”. Ambos sin nombre, son los pequeños hermanitos que ella amará y que perderá sucesivamente, en una historia que parece repetirse. El hecho de ser varones no les otorga ventajas en el trato de parte de María, que los relega a un abandono incluso más cruel que a las niñas. Y es el abandono una constante en esta historia, un terror que acecha –como el Diablo— en todos los rincones. El abandono adquiere múltiples rostros, como en el caso de la pérdida de su primera gran amistad, el “Cojo”, al mudarse ella a otro pueblo. Es junto a este amigo que crearán al General Rebollo, un ser construido a partir de deshechos que ocupará gran parte de sus fantasías, y que funciona como una esfinge de los padres ausentes.

La salida de San Cristóbal le dará la posibilidad de conocer un mundo nuevo y descubrir a unos “animales miedosos que yo nunca había visto y Helena me dijo que esos animales eran los que hacían la leche que tomábamos con el café al desayuno” y también a unos “hombres que llamaban indios porque estaban vestidos diverso a los hombres de Bogotá”. Los contrastes son algo que la niña percibe desde pequeña y que debe asimilar velozmente. Los hay raciales, como la diferencia entre indios y blancos, que ve en acción en los traslados de una ciudad a otra. En estos largos trayectos los indios ocupan casi el mismo lugar que los animales, cargando a las niñas y las provisiones sobre sus propios cuerpos. También con los indios descubre las diferencias culturales, que se perciben en las distintas costumbres a la hora de comer y especialmente en la manera de divertirse. Pero también queda clara la diferencia entre hombres y mujeres a través de las peripecias de la señora María, que depende de la gracia de sus íntimos amigos varones (muchas veces reconocidos políticos u hombres de negocio) para intentar mejorar y salir adelante. A pesar de sus intentos, no irá más allá de ser una escandalosa mujer a la cual el párroco del pueblo decide atacar con agua bendita y las grandes señoras miran con desprecio.

En un pasaje memorable -la visita del gobernador de Boyacá y la semana de fiestas en su honor- se narran en pocas páginas los preparativos, que incluyen una orquesta, toros y fuegos artificiales, pero también se pinta a María con todos sus matices, teniendo un gesto de bondad con las niñas -que borrará a golpe de bota más tarde-, y el desparpajo de una sociedad y su corrupta clase política, en una fiesta que terminará de manera imprevista.

En la casa del Señor

La vida en el convento es completamente distinta pero igual de dura. Las niñas serán introducidas al instante en el estricto régimen laboral y religioso por el que se rige la institución. Parte fábrica con mano de obra esclava, parte hogar católico para niñas abandonadas, el convento será su casa por muchos años. Los abusos que les infligen las compañeras y las monjas a “las nuevas” son un tópico común en esta clase de narraciones sobre niños y adolescentes recluidos. Pero la historia también incluye el descubrimiento de nuevas amistades, tanto en las niñas como en algunas de las adultas, y el develamiento de talentos que le eran desconocidos. En el convento crece y se desarrolla como individuo, y descubre la pasión religiosa que la lleva a querer ser monja, idea que se verá obligada a abandonar cuando el cura le informa que nunca podrá hacerlo por sus inciertos orígenes familiares. También descubre el amor, primero con sor María, por la cual sentirá un “amor rarísimo, era como si fuera mi mamá, mi papá, mi hermano, mis hermanos y mi novio”, y luego con el Tuerto, del cual solo conocerá su ojo sano. Los años pasados en la institución, con su variedad de personajes y situaciones, son narrados con una maestría memorable.

A pesar de la falta de educación formal, que la llevará a ser analfabeta hasta los dieciocho años, obtendrá una educación técnica en bordado, mediante la fabricación de manteles y vestimenta en el taller del convento. En esta disciplina encuentra la felicidad de sentirse capaz y se destacará hasta el punto de ser la encargada de bordar un alba como regalo para el papa. En los momentos en que aprende a bordar del revés, habilidad en la que ninguna otra niña se le compara, a entender cómo se elabora una imagen no solo en su superficie sino en su lado oculto, podemos ver las bases para la construcción de esta extraordinaria historia. Porque como dice en una de sus cartas “si tú crees que basta tener las ideas, yo te digo que si uno no sabe cómo escribirlas para que sean comprensibles es igual que si uno no tuviera ideas”. Y es que Emma Reyes consigue relatar lo más abyecto de manera contenida, logrando alejarse con eficacia del sensacionalismo al que la historia podría haberla arrastrado. Con claras dotes de narradora oral, y alejándose de la ira y el rencor a la hora de contar (como recomendaba Virginia Woolf), logra transmitir los diversos matices de una historia que tiene mucha oscuridad pero también momentos de alegría y amor.

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