La gente triste no tiene piedad

3bf4225355651b304eb4d354b55b65bc7cf09493Reseña de Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez (Barcelona: Anagrama, 2016). Salió en Brecha el 1 de julio de 2016.


A los 21 años, Mariana Enriquez publicó su primera novela, Bajar es lo peor (1994). En la radio la llamaban “la novelista más joven de la literatura argentina”. Hubo, sin embargo, que esperar diez años para la segunda, Cómo desaparecer completamente (2004), también de corte realista, y otros cinco para el cambio de registro que implicó su llegada al género del terror con su primer libro de cuentos, Los peligros de fumar en la cama (2009). En este conjunto de textos, publicados quince años después de su primer libro, es donde Enriquez encuentra su lugar, una voz propia, en un subsuelo húmedo o en una casa abandonada.

En varias entrevistas la autora ha señalado que la elección del terror como género no fue casual; siempre estuvo ahí, como la primera lectura y el primer plan narrativo. La demora en comenzar a trabajarlo estuvo dada por las exigencias técnicas del género y el deseo de hacer algo original: para lograrlo, para romper las reglas, primero debía conocerlas a fondo. En la tradición argentina el terror tuvo sus momentos más importantes asociado a la literatura fantástica, con escritores como Leopoldo Lugones, Manuel Mujica Láinez, Julio Cortázar y Silvina Ocampo. Si bien Enriquez escribió una biografía sobre ésta última (La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo, de 2014), es con Cortázar con el que puede trazarse una afinidad mayor.

Lectura temprana, Cortázar logra reunir lo fantástico y lo cotidiano, fusionándolo de maneras imprevistas. Pero a diferencia de Cortázar, cuyo lenguaje parece repetirse en los más diversos personajes, Enriquez logra manejar de forma verosímil múltiples registros. Este es un acierto fundamental para que cuentos como “Bajo el agua negra” o “El chico sucio” no resulten meros viajes de una persona de clase media a la villa miseria argentina. Sin embargo, a pesar de que en ambos casos las narradoras son externas a ese mundo, las voces de los otros involucrados son convincentes, siempre independientes, personajes con vida y no figuritas que representan la pobreza.

Lo que logra la literatura de Mariana Enriquez no es usual. En extremo íntima a la vez que fantástica, es una clase de horror que surge desde adentro, no un monstruo que acecha afuera. De cierta manera cumple con la propuesta de Ballard de “investigar el espacio interior”, y en el caso de Enriquez, este espacio interior está compuesto por un cúmulo de pulsiones y secretos que hay que descubrir. Las cosas que perdimos… es un conjunto de textos que tiene una continuidad y un tono muy claro, con sutiles variaciones temáticas. Algunos relatos bordean lo fantástico o el horror clásico, mientras que otros son historias de carácter más cotidiano. Algunos se acercan a la ciencia ficción de la clase que trabaja explícitamente con el presente, aunque levemente desencajado. Y desencajados es una buena manera de definir a estos personajes, eminentemente normales, la clase de personas que uno se cruza en el trabajo o el ómnibus, pero que viven –u ocultan—una experiencia particular.

Hay múltiples similitudes entre sus dos libros de cuentos, y Las cosas que perdimos en el fuego se lee como una continuación del trabajo iniciado en Los peligros de fumar en la cama.Los temas siguen siendo básicamente los mismos: el peso de la historia personal y colectiva, la tristeza de la adolescencia, las relaciones entre amigas y familiares, los padres que parecen vivir en otro planeta, las pulsiones, la aparición de lo desconocido. La historia puede reaparecer como historia personal: es el caso de “El patio del vecino”, uno de los relatos más terroríficos del libro, en el que la culpa causada por un evento traumático predispone a la protagonista a tomar la iniciativa para salvar a un niño. También puede reaparecer en un sentido más social o político, como en “La Hostería” o “Cuando hablábamos con los muertos” (de Los peligros…), en el que un grupo de amigas se juntan en el conurbano a jugar a la ouija e intentar comunicarse con sus familiares desaparecidos durante la dictadura. Pero también hay diferencias, la mayoría dadas por el alejamiento de este libro respecto de los temas más tradicionales del primero. Si este tenía maldiciones, ouijas, aparecidos e incluso una cierta clase de zombies (en un cuento que parece prefigurar la excelente serie francesa Les Revenants), Las cosas que perdimos… no tiene cuentos tan fácilmente encasillables en los diversos tropos del género.

Lo que acecha aquí no es lo esperado. Tanto si se trata de una ruta solitaria, una casa abandonada, o el recorrido por un barrio pobre, el miedo no proviene del “peligro” que corrientemente es alimentado  por los informativos: la verdadera amenaza está en otra parte. Ese otro lugar nunca es uno solo y definido, pero es claro que el espacio doméstico, el refugio del mundo social, es donde más inseguros estamos.  Hay siempre algo velado en esta revelación, como si fuera dicha entre susurros. Estos cuentos son como microcosmos, aislados en un mar de normalidad que podemos percibir desenfocado en los bordes. Construidos de manera sólida, no se alejan demasiado de los procedimientos clásicos, más allá de algún jugueteo con el lenguaje. En parte es esta estructura la que incrementa el golpe de miedo, que parece surgir de la nada, como una aparición, para resignificar todo. No es este un golpe sutil sino explícito y brutal, que quita la respiración y genera asco por partes iguales.

El espacio doméstico es un lugar que se repite a lo largo de las distintas historias. En el primero, “El chico sucio”, la casa es una herencia de otros tiempos, un caserón ubicado en un barrio que se ha vuelto peligroso. En ese espacio que la protagonista ha elegido para vivir, en su interacción con el entorno que la rodea y la invade, con sus calles pobladas por santos populares (como San La Muerte), el terror acecha. También hay casas abandonadas, como en “La casa de Adela”, uno de los mejores del volumen. En este caso, como en muchos otros, el barrio juega un papel fundamental. La casa abandonada genera fascinación, al igual que el carrito abandonado por un indigente en “El carrito” (de Los peligros…). En los dos cuentos estos objetos funcionan como un reducto del mal, algo inexplicable que se instala y ocupa un lugar en ese espacio barrial común y corriente, con sus vecinas chismosas y sus pequeños negocios, algo que parece tener vida propia.

Hay una cierta clase de denuncia social aquí contra el machismo, la pobreza, la violencia o el barrio, pero nunca cayendo en estereotipos o clichés. En el cuento que da título al conjunto, uno de los más extremos, un grupo de mujeres que se hacen llamar Mujeres Ardientes se incendia por voluntad propia en protesta contra una ola de feminicidios; aspiran a crear una nueva belleza para que los hombres ya no tengan a quien quemar. En otro, “Bajo el agua negra”, una fiscal intenta encarcelar a policías corruptos que asesinan jóvenes en una villa. Sin embargo, la contaminación del río y los alrededores, que causa niños mutantes, los maltratos policiales y algo oculto, terminan causando una transformación imprevista, una nueva clase de culto en este espacio abandonado por el gobierno. Por otra parte, las relaciones de pareja suelen ser problemáticas de diversas maneras. Por un lado están los hombres odiados o peligrosos, como el insoportable novio de “Tela de araña”, pero por otro también hay situaciones disfuncionales aunque no abusivas, como la del tristísimo “Verde rojo anaranjado”.

Todos los cuentos son narrados por mujeres, generalmente muchachas o que aún actúan como si lo fueran, a excepción de uno (de los más flojos del volumen), narrado por un padre joven. Estas narradoras se definen por su independencia, aunque también mantienen lazos fuertes, generalmente de amistad, con otras mujeres. Las hay amigas del liceo, como las protagonistas de “Los años intoxicados”, en el que unas chicas se reúnen alrededor de un espejo que una de ellas “ponía justo en el centro y nosotras nos sentábamos alrededor, como si el espejo fuera un lago donde hundíamos la cabeza para beber, las paredes manchadas con la pintura desprendiéndose eran nuestro bosque”, como en un aquelarre de drogas y descontrol. Estas amistades, a veces selladas con pactos de sangre, son el cascarón protector con el que se lucha contra el resto del mundo, los novios, los padres, las imposiciones externas de la sociedad. El retrato de la realidad de las mujeres adolescentes es excepcional y es aquí donde se encuentra lo mejor de la producción de Enriquez. En esa mezcla de miedo y posibilidades, de asco y belleza, en esa bomba de tiempo que es la adolescencia, está la fuerza que impulsa estos cuentos.

 

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